Falsas amistades

1844 Palabras
No importa cuánto lo intente, los niveles de producción y los datos financieros no entran en mi cabeza ni empujando mi frente contra los documentos. Solo de tocar el tema siento que tendré migraña. Así que dejé de intentarlo. Unos días después Leo se reunió con Cristián, mencionó noticias sobre el sujeto que compró acciones de Quantum, salió de prisa, yo lo regresé del brazo para darle un beso y él se fue. Aproveché para salir un rato, compré sobres de té verde, una caja de endulzantes y una colección de vasos y tazas para pareja con un diseño muy adorable. Me gustaron bastante. Salí de la tienda, caminé con rumbo al elevador para ir al estacionamiento y de la nada, alguien sujetó mi brazo, me abrazó y plantó dos besos en mis mejillas. – Regina. Fue ahí cuando me di cuenta que la voz aguda y aniñada es todo, menos excitante. Me crispó la piel. Miré a Lucero, una antigua compañera de trabajo a la que solía llamar… – Amiga, te extrañé tanto. Rosario me contó que te casaste y no pude creerlo, ¿por qué no me invitaste? No quería discutir, retiré su brazo, sonreí y la miré – fue una ceremonia pequeña, no invité a muchas personas. Ella me sonrió de una forma muy falsa, era evidente que sabía cuántos invitados tuvo mi boda. – Lo entiendo, nunca me molestaría contigo. Escucha, hemos estado fuera de contacto y me gustaría que nos reuniéramos, ¿qué te parece? – Lo siento, estoy muy ocupada, el matrimonio, problemas familiares, el trabajo. – ¿No renunciaste? – Es complicado, tengo que irme. Me dio gusto verte – le dije y le di un beso en la mejilla, no quería pasar ni un solo segundo respirando el mismo aire. Mi primera experiencia con las drogas fue también la última, y la razón por la que en todo este tiempo no he mencionado a mis amigas. Solíamos ser inseparables, o eso pensé. Nos gustaban las mismas cosas, nos veíamos de vez en cuando, compartíamos un grupo de chat y hacíamos todas las cosas que las amigas hacen como ir a la piscina. Así fue hasta esa noche. Yo acababa de terminar con Jared y volvía de una horrible cita a ciegas. Cuarenta y ocho minutos de escuchar a mi madre enlistando habilidades y virtudes que no eran mías, sino de Sarah, frente a un posible pretendiente que estaba más interesado en saber cuánto de la herencia familiar iba a tocarme. Sentí que me hundía. Cada palabra de mi madre resonaba en mi cabeza, como si fuera mi propia voz diciendo: eres inútil y no tienes habilidades, pero, ¡oye!, eres atractiva, así que explotemos eso y alcancemos un buen precio. Saliendo de ahí me reuní con mis amigas, fuimos a un bar y mientras bebía, les hablé de las muchas citas a ciegas a las que mi madre me llevaba, confesé mis emociones y lo pequeña que me sentía cada vez que me comparaban con mi hermana. Y Lucero, quien pensé que era mi mejor amiga dijo – ok, Regina, linda. Te amo, pero estas arruinando el ambiente y no estamos aquí para deprimirnos, ¿cierto?, chicas. – Muy cierto, vamos, todas tenemos problemas, ¿no estás exagerando un poco? Me sentí muy estúpida por pensar que encontraría un poco de comprensión y sonreí – claro que estoy exagerando, a quién le importa lo que diga mi madre – rodé los ojos y seguí bebiendo. Pidieron otra ronda, todo cargado a mi cuenta, eligieron el paquete de bebidas más costoso y unos minutos después hubo un terremoto. El problema fue que ese movimiento no estaba en las placas tectónicas, sino en mi cabeza. Les dije que estaba mareada, que me sentía mal y que quería vomitar, ellas comenzaron a reírse con un tono tan fuerte, que martillearon mi cerebro con el sonido. Caminé perdiendo el equilibrio y como pude llegué al baño. Vertí agua sobre mi cabeza y me encerré en un cubículo, el sonido de sus risas me persiguió, miraba mis dedos y sentía que mi piel cambiaba de color y brillaba. Tengo una imaginación desquiciada y muy negativa, pensé que había sido víctima de un grupo de traficantes. Decidí no salir del baño, remangué mi saco y enterré mis uñas en la piel para que mi cerebro se enfocara en el dolor físico. El bar cerró y una empleada del departamento de limpieza tocó la puerta para pedirme que me fuera. Llegué a casa aún mareada. Me recosté y dormí un largo tiempo, cuando desperté estaba sudando, me metí al baño con la ropa puesta, deseando que todo fuera un sueño. Más tarde llamé a Lucero y le comenté que algo me había pasado. – Lo sé, linda, ¡tuviste un mal viaje!, lo siento, pensé que te funcionaría, descuida, la próxima vez te daré algo mejor. Sus palabras se escucharon tan confusas. En retrospectiva es muy claro lo que pasó, pero mi cerebro no funcionaba como siempre y me tomó varios minutos entenderlo. Fue una de las pocas veces en toda mi vida que hablé sobre cómo me sentía, y mis amigas pensaron que drogarme, sería la respuesta para mi depresión y les permitiría a ellas disfrutar de la velada. Ni siquiera me buscaron en todo el tiempo que pasé dentro del baño. El siguiente fin de semana me invitaron a salir, solo así, como si nada hubiera pasado y con la frase: “Regina, tú pagas, ¿cierto?” Me salí del grupo, ignoré sus mensajes y durante un largo tiempo me concentré en mi trabajo, ese que mis padres inventaron para tenerme ocupada y que realmente no importaba. Por las noches, cuando el aire se volvía silencioso y me sentía con ganas de llorar, solía encender la televisión para escuchar el sonido y apartar mis pensamientos. Seguí con ese estilo de vida y meses después, Leo apareció. Él se convirtió en mi propósito, él apagó el ruido. Cada mañana despertaba emocionada, encontraba formas de verlo furtivamente, o investigaba sobre sus relaciones pasadas y sentía que podía seguir adelante. Él salvó mi vida. Después de volver a casa mi celular sonó, era Leo, me limpié los ojos, lo que es tonto porque no fue una videollamada, respondí y lo escuché agitado. – Hola, ¿estás en casa? – Tienes suerte, acabo de llegar – respondí. – Por favor, podrías ir a mi cuarto y abrir el tercer cajón del mueble, hay una carpeta azul en la parte de arriba, tómale una foto al primer documento y envíamela. Me sentí como asistente de un despacho contable en mi primer día, respondí con un – ok – fui a su habitación y abrí el segundo cajón. Fue un pequeño descuido, supongo que olvidé contar o estaba distraída por mi encuentro con Lucero, o tal vez, si conté, pero de abajo hacia arriba. Lo que haya sido, ocurrió. Miré el segundo cajón por varios segundos antes de reaccionar, lo cerré, abrí el cajón de abajo, tomé la carpeta, la extendí sobre la cama y acomodé el documento para escanearlo y enviárselo por chat. Él me dio las gracias. Regresé la carpeta a su lugar, toqué el borde del segundo cajón, lo abrí muy despacio y vi una caja cuadrada en la esquina. La tomé y la abrí. Dentro había un anillo. Soy fanática de las joyas, puede que mi familia haya olvidado darme sentido de pertenencia y nadie me leyó un cuento antes de dormir, pero mi mamá se encargó de que mi joyero estuviera lleno. Sé reconocer un anillo de compromiso cuando lo veo. Pensé que Leo podía ser el tipo de hombre que le gusta anticiparse a los eventos, como llevar una sombrilla en el coche, aunque el pronóstico diga que será un día caluroso. Fue un pensamiento optimista, diseñado para hacerme sentir mejor. Fracasó. También pensé en tomarle una fotografía al anillo, hacer una búsqueda con mi celular y averiguar de qué marca era, en qué año salió a la venta y cuánto costaba. Pero entre más repasaba esa idea, más entendía que estaba metiéndome en tu terreno peligroso. “El que busca, encuentra” No sé cuánto tiempo me quedé sentada en la cama, con la caja entre mis dedos o en qué momento lo devolví a su lugar y cerré el cajón. Permanecí sumida en mis pensamientos, preguntándome qué había pasado. Si Leo se casó conmigo por necesidad, pero ya tenía a una mujer en mente, a quien deseaba pedirle matrimonio, y si realmente es así, ¿qué estoy haciendo?, ¿qué le estoy haciendo al hombre que me rescató de la oscuridad? Escuché ruido en el piso inferior y me levanté de prisa para que Leo no descubriera que venía de su habitación. Él estaba en la entrada. Fue un día importante, según lo poco que entendí. El compañero de trabajo de Cristián aprobó el registro en Quantum y financió su primera inversión, gracias a eso Leo y los demás tenían una idea más clara de cómo funcionaba la empresa, aunque aún no podían relacionarla con Antonio, pero era un paso importante. Leo estuvo hablando durante toda la cena, tomó los recipientes del refrigerador, calentó todo en el microondas e hizo todo sin dejar de hablar, por eso sé que era un día importante. Pero no logré entender lo que decía, sus palabras se escapaban de mis oídos sin dejar huella y aunque veía sus labios moverse, no atrapé ni una sola palabra. Apenas comí. Lo único que recuerdo, entre la voz de Leo haciendo eco y el sonido de mi tenedor golpeando el plato, fue la notificación en mi celular. “Buenas tardes, le escribimos del centro de psicología y psiquiatría, CADY, le pedimos la confirmación de su cita el próximo 8 de julio” Confirmé la cita, el horario y me fui temprano a dormir. Los siguientes días me parecieron un espejismo, miraba al vacío y fingía estar ocupada memorizando los reportes de NaturaBelle, la excusa funcionó, hasta hoy. Le he contado todo hasta este punto, la muerte de mi abuelo, el testamento, la boda, el día en que conocí a Leo, todo lo que consideré importante, dígame, ¿qué se supone que haré ahora?, porque, entiendo la idea. “Si amas algo déjalo ir, si vuelve, siempre fue tuyo, si no, jamás lo fue”, lo que no entiendo, es por qué tengo que dejarlo ir. No es justo. ***** La doctora Andrea Nery del centro de psicología y psiquiatría CADY se levantó de su asiento para buscar un paquete nuevo de toallas de papel, en las pasadas tres horas Regina se había terminado la caja que tenía sobre la mesa y seguía llorando. – Gracias – dijo Regina y tomó otra servilleta para limpiar sus lágrimas. Sus manos temblaban. La doctora Andrea pasó la mirada del bote de basura lleno de trozos de servilletas a los ojos hinchados de Regina – pienso que estarás bien, pero requerirá mucho trabajo – respiró profundamente – comencemos.
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