Luna de miel Parte 2

1772 Palabras
Recuerdo que Leo sujetó mi hombro y honestamente, pensé que me alejaría, no sería la primera vez, de hecho, estaba preparada para ser apartada y culpar a los chocolates. No tenía problema con eso. Mordí su oreja, intenté ir un poco más lejos al apoyarme sobre su pecho y pasé los dedos por su nuca. Incluso si no funcionaba, quería que quedara como un bello recuerdo. Él sujetó mi barbilla y me besó. Fue diferente de como lo imaginé, un poco desesperado. Sus manos me presionaron y durante el beso me mordió el labio. No me quitó la ropa de inmediato, lo que fue inusual, él siguió besándome y fue como estar en un sueño. Me retracto, fue mejor de lo que imaginé. Tenía esa sensación en la que te es difícil pensar y lo curioso, es que antes de que pasara, pensé mucho al respecto. Quería impresionarlo en la primera noche y convertirme en una especie de súcubo o algo por el estilo. Quería que fuera una noche inolvidable y arruinar cualquier futura relación que tuviera en la vida. Pero, cuando finalmente pasó, solo me dejé llevar. Desperté cuando mi almohada se movió y al abrir los ojos, descubrí que me había quedado dormida encima de su brazo y que él lo tenía tan entumido, que pasó un largo tiempo intentando mover mi cabeza sin despertarme para recuperar la circulación. Yo me reí y me acomodé sobre su pecho – lo siento – me disculpé por su brazo – ¿estás bien? – le pregunté, actuando como una niña pequeña y no sé por qué pensé que eso sería excitante. Leo abrió y cerró los dedos de la mano, después levantó todo el brazo y me miró – buenos días – fue un saludo tosco, se acomodó para levantarse y miró hacia abajo – ¡con cuidado! – sujetó mi brazo. Ambos estábamos muy cerca del borde de la cama y sobre la alfombra estaba el vaso de vidrio en el que le llevé agua. Se me cayó sin darme cuenta. Mientras Leo pasaba la mirada entre el vaso y yo, que estaba desnuda, noté que eludía la mirada y adiviné sus intenciones, así que me senté sobre sus piernas. – Hablemos. Él se acomodó para hacerme espacio y miró hacia arriba. – Acordamos en el contrato que habría contacto físico, lo que es bastante normal en un matrimonio. Puedes verme, no tengo algo nuevo desde anoche – sujeté su cabeza. De acuerdo, los escrúpulos no se me dan bien y tal vez soy un poco agresiva, como mi madre lo dice, sí lo tienes; debes lucirlo, así que, en esa introspectiva no había cabida para la vergüenza. Lo extraño fue que, a pesar de todo, la sentí. En cuanto él me miró, sin los efectos del chocolate y bajo la luz matinal que se colaba por las gruesas cortinas, tuve la necesidad de cubrirme y levanté la sábana – bien, si te hace sentir mejor – le dije, para ocultar que era yo quien sentía vergüenza. Leo me pasó una almohada. – Como dije, acordamos tener contacto físico, estamos casados y este tipo de cosas son completamente normales en un matrimonio, lo raro sería que durmiéramos en camas separadas o viviéramos como sacerdote y monja, ahora que lo recuerdo, vi una película sobre una monja teniendo relaciones con varios sacerdotes, mal ejemplo. Él sonrió – recuerdo la misma película y está fuera de discusión – me cargó para acomodarme en el otro costado de la cama y levantarse – hay que pedir el desayuno. Toda la ropa que llevé a ese viaje tenía un solo propósito, llevarlo a la cama, claro, no esperaba lograrlo en la primera noche. Ordenamos el desayuno. De reojo vi a Leo tachar la opción de los chocolates como postre y escribir una larga queja sobre por qué no colocaban advertencias. Unos minutos después, fue al bote de basura para constatar, que sí estaba escrito en el empaque. Yo observé su sufrimiento en primera fila y fue muy gracioso. Para el segundo día de nuestra luna de miel mis planes abarcaban un traje de baño, un vestido traslúcido, lentes oscuros y un sombrero. Leo me miró de arriba abajo. – ¿Estás listo? – le pregunté alzando mi bolso. Él se levantó del sillón, se cambió de ropa y bajamos juntos en el elevador, pero al llegar a la planta baja tomamos rumbos diferentes y volteamos a vernos. Leo dijo – la salida de la playa está por allá. – Y la piscina por acá – señalé. – ¿Por qué no vamos a playa? Pensé que no hacía falta decirlo – porque la playa tiene gente y arena. La piscina era perfecta, había palmeras, un bar, sillas, suficientes toallas y varios inflables, podías recostarte sobre una silla y mirar el cielo hasta quedarte dormida, o entrar a la piscina. Me recosté una media hora, después me quité el vestido y entré a la piscina a nadar un poco, al regresar pedí una bebida. Sentí que estaba en mi elemento y que era la oportunidad perfecta para seducirlo, especialmente porque era nuestra luna de miel, pero sentí que había una diferencia muy marcada entre ambos. Algo tan simple como escoger la playa o la piscina. Lo miré un par de veces, él también nadó un rato, miró su celular y después se recostó sobre la silla. Cuando intento saber lo que está pensando, siempre fallo, así que no quise correr riesgos y me recosté en la misma silla que él. Leo se hizo a un lado para hacerme espacio y yo aproveché para mirar la pantalla de su celular, tenía abierta una aplicación de chat y hablaba con Javier. – No lo vi en la boda, ¿cómo está? – ¿Supiste de la persona que cayó en la fuente? Asentí. – Fue él. No lo habría imaginado, lo que es raro. – Tu hermano salió de viaje. Hasta ese punto, había olvidado por completo que el resto de mi familia y el resto del mundo, existían. – Javier dice que es por trabajo, pero sigue alerta. Miré la fotografía – oh, conozco ese lugar. Leo acomodó su brazo para que yo pudiera mirar la pantalla y agrandó la fotografía. Yo me enfoqué en el puente, las paredes amarillentas, la calle y estuve totalmente segura – mamá tuvo una sesión fotográfica justo aquí, aún tiene los negativos, fue en agosto y hacía mucho frío, se le erizaba la piel cada vez que me lo contaba porque la sesión fue en traje de baño – recordé la conversación que tuvimos en su hotel – tiene que ser…, creo que está buscando a su padre biológico. Leo regresó a la aplicación de chat. Odio la empatía, me hace pensar en mis hermanos y en cómo deben sentirse por tener un padre al que jamás conocieron. – Le diré que deje de seguirlo por un tiempo – dijo Leo. Yo estuve de acuerdo, lo que fuera que estuviera haciendo Jorge, claramente no estaba relacionado conmigo. Me recosté y dejé que pasara el tiempo. Me quedé dormida. En algún momento, Leo apagó el celular. Cuando desperté aún estaba sobre su hombro, tenía una toalla cubriéndome de la cintura para abajo y no había rastros de mi sombrero. Volvimos a la habitación y pedimos el especial de mariscos, mientras esperábamos yo me di una ducha. Adoro entrar a la piscina, pero odio lo que le hace a mi cabello. Para cuando terminé, la comida ya había llegado y Leo se cercioró de que no hubiera chocolates. En un intento por seducirlo me puse un vestido traslúcido muy parecido al que había usado en la piscina, pero esta vez, sin el bikini, me senté sobre el sillón y tomé un plato de empanadas de pescado para probarlas. Leo evadió la mirada, en otro momento habría estado enojado, pero, por la forma en que evitaba mirarme, supe que estaba pensando en lo que pasó durante la noche y lo consideré un pequeño éxito. Cenamos en calma, con la televisión encendida y yo jugando con la comida. No quería perder la oportunidad. De la nada, su celular sonó, él se levantó para tomarlo y sonrió. Fue un gesto tan dulce que me dejó helada, su rostro se iluminó, su sonrisa se volvió risueña y el ambiente de tensión romántica que había construido se desbarató en un segundo, él estaba tan…, ¡feliz!, no supe de qué otra forma llamarlo, era un exceso de dulzura que no había visto en él desde que teníamos diez años y abrazaba una pelota. Él se levantó al baño unos minutos después y yo no lo soporté. Tomé su celular, lo desbloqué usando el patrón que había aprendido de nuestro tiempo en la piscina y con los dedos temblorosos revisé el mensaje. Era de su mamá, tenía una fotografía y decía: tío, se me cayó otro diente. Me sentí como una idiota, regresé el celular a su lugar e intenté actuar como si no lo hubiera visto. En la escala del ridículo, ¿qué tan abajo está; sentir celos de su sobrino? Me concentré en la comida y encendí la televisión para verme, muy inocente, en el momento en que él volviera del baño. Sin proponérmelo encontré una película de terror psicológico muy buena, ambos pasamos las siguientes dos horas a la expectativa de si el personaje principal sobreviviría, solo para descubrir que estaba muerto desde el comienzo. Fue justo lo que necesitaba para calmar mi nerviosismo por ser la esposa más irracionalmente celosa del mundo, Leo también la miró con mucha atención y de forma inconsciente, recordé cuando éramos más pequeños y hacíamos eso, perdernos en una película y sentarnos a veinte centímetros de la televisión hasta que su mamá llegaba y nos regañaba. Sé que soñé con ser una desconocida y llegué a pensar que, de haberlo sido, habría tenido mayores oportunidades. Pero la verdad, es que no cambiaría nuestros recuerdos por nada. Fueron lo más memorable de mi infancia. En cuanto terminó la película inicié la otra parte de mi plan, me levanté del sillón, me senté a su lado y lo abracé, después pasé los dedos por su cuello, su barbilla, su oreja y tracé un corazón sobre su mejilla. Él volteó a verme. La frase que escogí para ese momento fue – amor, quiero ir a la cama – e insisto, no sé qué me pasó por la cabeza al pensar que hablar como una niña chiquita, era excitante. Lo recuerdo y me dan escalofríos. Leo me cargó y me llevó a la habitación.
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