La habitación de la señora Flor ya no olía a hospital. Ahora olía a flores frescas, a café recién hecho y a esas galletas que la enfermera traía escondidas porque la abuela decía que “la gelatina no alimenta el alma”. Flor estaba sentada en la cama, con el cabello perfectamente peinado y una bata color crema. —Estoy harta de que me miren como si fuera un florero —gruñó—. No me morí, todavía no. Wendy soltó una risa. —Nadie la ve como un florero, todos quieren que se mejore pronto. Vincent negó con la cabeza. —Déjate querer abuela, por ahora todo está bajo control. Flor lo miró con orgullo. —Confío en ti. Luego giró la mirada hacia Wendy. —Y tú, ven acá. Wendy se acercó de inmediato. Flor le tomó la mano. —No te vayas a ningún lado, Vincent te necesita más de lo que quiere admitir

