—¿Seth? Son las cuatro de la mañana y me levanto de golpe de la cama. Me tropiezo con unas deportivas que tengo tiradas por el suelo. —¿Estás bien? ¿Qué pasa? Le agarro del brazo y hago que se siente en mi cama. Tiene tanto pelo que me cuesta apartárselo, me ayuda para que pueda subirle la camiseta. Se le notan todos los huesos de la columna y suelta un quejido. Tiene un moretón en la espalda que le sale a menudo, parece un recuerdo del golpe que le dio aquel cabrón. —Vamos al hospital. —No, estoy bien —dice e insiste—. Dame la crema y volveré a la cama. —No estás bien. —Seth —me reprende. La llevo en brazos hasta su cama, enciendo la luz y me choco contra los muebles del baño rebuscando la jodida crema. La he comprado tantas veces que hay botes vacíos, botes medio llenos y otros

