Silencios que duelen

1005 Palabras
Capítulo 16 Elena despertó con la luz de la mañana filtrándose entre las cortinas. Durante un segundo creyó que todo había sido un sueño, pero el peso del brazo de Christopher sobre su cintura le devolvió la realidad como un golpe al pecho. Se quedó quieta, escuchando su respiración tranquila, mientras su propia mente era un torbellino de dudas y recuerdos. “¿De verdad lo dijo? ¿O lo imaginé?”, pensó, recordando aquella voz ronca susurrándole un te amo antes de quedarse dormida. Su corazón se aceleró, pero no de emoción, sino de miedo. Si era cierto, ¿qué significaba para ella? ¿Y si no lo era, por qué sentía que necesitaba esa certeza con tanta urgencia? Se giró apenas, sin querer despertarlo, y lo miró. Christopher parecía otra persona en reposo: su rostro relajado, su gesto casi vulnerable. Pero sabía que, en cuanto abriera los ojos, volvería a ser el hombre dominante, seguro, capaz de desarmarla con una sola mirada. Por un segundo, Elena sintió un impulso extraño: acariciarle la mejilla, quedarse observando esa calma que nunca mostraba en vigilia. Pero se contuvo. Ella no podía permitirse esas debilidades. No después de lo que había ocurrido, no después de entregarse sin saber siquiera qué significaba estar con él. El silencio entre ambos era tan pesado como la noche anterior había sido ardiente. Elena sintió la urgencia de escapar, de ponerse de pie, vestirse y fingir que nada había sucedido. Pero en cuanto intentó moverse, el brazo de Christopher se tensó y la atrajo más contra su pecho. —¿A dónde crees que vas? —preguntó con voz ronca, aún cargada de sueño. Elena se congeló. No supo qué responder. —Yo… quería levantarme. Christopher abrió los ojos y la miró de cerca. La intensidad de su mirada la atravesó como siempre, como un golpe que la dejaba sin defensa. —No —dijo con firmeza—. Quédate aquí, conmigo. Elena bajó la vista, incómoda. La calidez de su cuerpo contra el de él la desarmaba, pero la frialdad en su pecho seguía intacta. Decidió no decir nada, esperando que el silencio la protegiera. Christopher estudió su rostro unos segundos. Había en él una mezcla de duda y desilusión. —Lo escuchaste, ¿verdad? —murmuró al fin, casi con un dejo de reproche. Elena sintió que la sangre se le congelaba. —¿Qué cosa? Él sonrió con amargura, aunque sus ojos permanecieron oscuros. —No lo niegues, Elena. Sabes a lo que me refiero. Ella apartó la mirada, incapaz de sostener el peso de esas palabras. No quería mentir, pero tampoco podía admitir lo que sentía, porque ni siquiera lo entendía. —No sé de qué hablas. Christopher la soltó despacio, como si ese gesto fuera una sentencia. Se recostó boca arriba, llevando una mano a su frente, y soltó una carcajada baja, sin alegría. —Claro… silencio. Eso lo dice todo. Elena sintió un nudo en la garganta. Quiso explicarse, decirle que no era rechazo, sino confusión. Pero las palabras se atoraban, incapaces de salir. El ambiente se volvió insoportable. Christopher se incorporó un poco, apoyando los codos en la cama, y la miró fijamente. —¿Tan difícil es responderme? —preguntó, con la voz grave—. Yo me desnudo frente a ti, no solo en cuerpo, Elena, sino en alma… y tú, ¿qué me das a cambio? ¿Silencio? Ella cerró los ojos, luchando contra las lágrimas. No quería llorar otra vez, no frente a él. —No es eso… —susurró apenas—. Yo solo… no sé qué sentir. Christopher frunció el ceño, como si aquellas palabras fueran más dolorosas que cualquier rechazo directo. —¿No sabes qué sentir? —repitió con ironía—. Qué conveniente. Elena se apartó un poco, abrazándose a sí misma. —Era mi primera vez, Christopher. ¿De verdad esperas que al día siguiente yo pueda procesar todo lo que pasó? El aire entre ambos se tensó. Christopher apretó la mandíbula y se recostó de nuevo sobre la almohada, quedando de espaldas a ella. Por un largo momento no dijo nada. Elena lo observó en silencio, sintiendo que el peso de sus palabras flotaba como una sentencia. Elena abrazó sus rodillas bajo las sábanas, con el corazón en la garganta. Una parte de ella quería acercarse, tocarlo, suavizar lo que había dicho. Otra parte gritaba que debía mantenerse firme, que no podía rendirse tan fácil a ese hombre que parecía capaz de arrasarla con una sola mirada. Finalmente, Christopher habló, con voz grave y contenida: —No necesito que lo digas ahora, pero tampoco quiero que lo niegues con ese silencio. Elena lo miró, desconcertada. —¿Por qué te importa tanto? Él giró de golpe hacia ella, con los ojos encendidos. —Porque lo siento, Elena. Porque cada vez que estás cerca, me pierdo. Y anoche… —hizo una pausa, tragando con dificultad— anoche no pude contenerlo. Sus palabras cayeron sobre ella como un golpe seco. Elena sintió un nudo en el estómago. Lo peor era que parte de sí quería creerlo, quería rendirse a ese sentimiento. Pero otra parte desconfiaba. ¿Y si solo era posesión disfrazada de amor? ¿Y si lo confundía todo? No respondió. Sus labios se abrieron, pero ninguna palabra salió. Christopher lo notó. Su expresión se endureció, como si un muro invisible volviera a levantarse entre ambos. —Ya entendí —murmuró con frialdad—. No lo sientes. Elena reaccionó, alarmada. —¡No es eso! —exclamó, tomándolo del brazo—. Solo… necesito tiempo. La intensidad de sus ojos la obligó a callar. Christopher suspiró y se acercó lentamente, acariciando su mejilla con la yema de los dedos. —Tiempo —repitió, como si probara la palabra—. No sé si sepa dártelo. Elena bajó la mirada, insegura. El contacto de su mano en su rostro era cálido, pero sus palabras eran un recordatorio de lo peligroso que era ese lazo.
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