Había planeado entrar al jaccuzzi con mi hermosa mujer, hacer el amor y admirar la increíble vista de la ciudad, pero mi fotógrafa se quedó dormida después de comer. La acomodo para abrazarla por la espalda e inhalo su aroma para dejarme llevar por el sueño. —Buenos días, gruamach —escucho la voz de Alessandra. Abro los ojos y está frente a mí, duchada y con mi camisa. —¿A qué hora despertaste? —pregunto confundido. —Temprano, hoy tengo que arreglar algunas cosas antes de la exposición y me quedan algunas cosas pendientes… —¿Pero? —la interrumpo. —Me gustaría que me acompañaras —me dice haciendo un puchero—. No quiero separarme de ti. Me pongo de pie y le doy un beso. —Ahora que ya tengo mi beso de buenos días, puedo pensar con claridad —digo abrazándola con fuerza—. Voy contigo

