[CLAIRE]
Adrien me mira una última vez antes de alejarse de mí. Durante un instante parece querer decir algo más, como si también estuviera intentando entender lo que acaba de pasar entre nosotros, pero finalmente decide no hacerlo. Sin añadir una sola palabra, cruza la puerta corrediza del balcón y desaparece dentro de la habitación.
Yo me quedo donde estoy.
Inmóvil.
El paisaje frente a mí sigue siendo tan hermoso como hace unos minutos. Las colinas verdes se extienden hasta el horizonte, ordenadas en filas de viñedos que se ondulan suavemente bajo la luz clara de la mañana. El aire trae consigo el aroma fresco de la tierra húmeda y, por un momento, todo parece diseñado para transmitir calma.
Pero esa calma no dura demasiado.
Mis labios vuelven a recordar el cosquilleo que provocaron los suyos, y la tranquilidad del paisaje se vuelve completamente irrelevante frente a la tormenta que comienza a levantarse dentro de mí.
Cierro los ojos.
El recuerdo del beso aparece con una claridad inquietante. La forma en que su mano sostuvo mi rostro, la cercanía de su cuerpo, la sensación inesperada de sus labios sobre los míos. No fue brusco ni precipitado; fue algo mucho más peligroso que eso. Fue suave. Casi cuidadoso.
Y esa suavidad es precisamente lo que más me desconcierta.
¿Qué es todo esto?
La pregunta atraviesa mi mente con fuerza mientras una sensación nueva me recorre de los pies a la cabeza, como si mi propio cuerpo estuviera reaccionando a algo que mi razón todavía no logra comprender.
Porque la verdad es que no quería que dejara de besarme.
La confesión aparece en mi mente con una claridad brutal que me obliga a abrir los ojos de inmediato.
No quería que sus labios se apartaran. No quería que sus manos se alejaran de mi piel. Durante ese instante breve en el que todo parecía detenerse, lo único que deseaba era quedarme allí, en ese espacio extraño donde el acuerdo que nos une parecía desaparecer por completo.
Y aun así, al mismo tiempo, sentía un miedo profundo a que ese beso continuara.
No consigo entender a mis propios sentidos. Dentro de mí todo parece moverse en direcciones opuestas, como si fuera un mundo de contradicciones que no logro controlar.
—No caigas en su juego, Claire —murmuro finalmente.
Decirlo en voz alta me da la sensación de que las palabras tienen más peso, como si pronunciarlas pudiera ayudarme a sostener una idea que en realidad comienza a tambalearse.
Necesito algo que me devuelva el equilibrio.
Por eso me aferro con fuerza al barandal del balcón. El metal frío bajo mis manos me obliga a concentrarme en algo tangible, algo que no sea la confusión que recorre mi pecho.
Cierro los ojos otra vez, respiro hondo y dejo que el aire fresco llene mis pulmones antes de abrirlos nuevamente.
—Para él serías una más en su lista —me digo a mí misma, intentando convencerme—. Un cuerpo más en su cama. Alguien con quien desquitarse antes de seguir con su vida.
Las palabras suenan duras, incluso para mí. Pero las repito porque necesito creerlas. Necesito recordar quién es Adrien Laurent y el mundo al que pertenece.
He visto ese mundo demasiado de cerca durante los últimos meses.
Las mujeres que lo rodean en los eventos, en las cenas, en las inauguraciones. Mujeres seguras de sí mismas, acostumbradas a llamar la atención, a moverse con naturalidad entre miradas, cámaras y conversaciones superficiales. Mujeres que saben perfectamente cómo funciona ese tipo de relación.
Yo no soy así.
Nunca lo fui.
Y no quiero convertirme en algo que no soy solo porque de repente me encuentre en medio de un matrimonio que comenzó como una estrategia.
Intento aferrarme a esa idea con fuerza, pero entonces esos ojos vuelven a aparecer en mi mente.
Oscuros.
Intensos.
La forma en que me miró justo antes de besarme no tenía nada que ver con la mirada calculada de un hombre que está acostumbrado a seducir por costumbre.
Fue algo distinto.
Algo que no sé cómo interpretar.
Sacudo ligeramente la cabeza, intentando expulsar esa imagen antes de que mi mente empiece a darle un significado que podría ser completamente equivocado.
En ese momento la puerta del balcón se abre detrás de mí.
No necesito girarme para saber que es Adrien. Su presencia se percibe incluso antes de escuchar su voz.
—Claire.
Su tono es tranquilo, pero hay algo más debajo de esa calma. Algo que reconozco demasiado bien.
Tensión.
Permanezco mirando el paisaje unos segundos más antes de girarme lentamente hacia él.
Adrien está de pie a pocos pasos de mí. Ya no tiene la taza de café en las manos y sus mangas están ligeramente arremangadas. Su mirada se detiene en mi rostro con una atención que me hace sentir demasiado observada.
—¿Vas a quedarte aquí toda la mañana? —pregunta finalmente.
—Tal vez.
Él inclina la cabeza ligeramente, como si estuviera evaluando esa respuesta.
—Eso sería incómodo para ambos.
—¿Por qué?
Adrien deja escapar un pequeño suspiro antes de responder.
—Porque estamos evitando hablar de lo que acaba de pasar.
Sus palabras caen entre nosotros con una claridad incómoda.
Cruzo los brazos frente a mi cuerpo, intentando mantener una distancia que ahora parece mucho más difícil de sostener.
—No hay nada que hablar.
Adrien me observa durante unos segundos antes de esbozar una pequeña sonrisa incrédula.
—Claire…
—Fue un momento —lo interrumpo con firmeza—. Nada más.
Mantengo su mirada mientras lo digo, obligándome a sostener una seguridad que no estoy completamente segura de sentir.
—Un momento que no debería repetirse.
Adrien no responde de inmediato. Se limita a observarme con una atención que me incomoda más de lo que debería admitir.
—Interesante —dice finalmente.
—¿Qué es interesante?
—La forma en que intentas convencerte de eso.
—No intento convencerme de nada.
Adrien da un paso hacia mí, acortando ligeramente la distancia que nos separa.
—Claire…
—No te acerques.
Se detiene.
Pero ahora estamos lo suficientemente cerca como para que el aire entre nosotros se sienta distinto.
—No estoy jugando contigo —dice en voz baja.
—Eso es exactamente lo que diría alguien que sí lo está haciendo.
Adrien exhala lentamente, como si estuviera intentando controlar su propia paciencia.
—¿De verdad crees que todo esto es un juego para mí?
—Creo que para ti sería fácil.
Las palabras salen antes de que pueda suavizarlas.
—Estás acostumbrado a mujeres que saben exactamente qué hacer cuando un hombre como tú se acerca. Mujeres que no tienen problema en seguir el ritmo que tú marcas.
Adrien permanece en silencio.
—Yo no soy así —continúo, sintiendo cómo la verdad se abre paso entre mis palabras—. Y no quiero convertirme en eso.
Algo en su expresión cambia.
No es molestia.
Es comprensión.
—Claire —dice finalmente—, ese beso no fue parte de un plan.
—Lo sé.
—Entonces deja de actuar como si hubiera sido una estrategia.
—Porque fue un error.
El silencio que sigue es más pesado que cualquiera de nuestras palabras.
Adrien me observa durante varios segundos antes de hablar otra vez.
—¿Un error?
—Sí.
—¿Estás segura?
No respondo de inmediato.
Porque, si soy completamente honesta conmigo misma, sé que ese beso no se sintió como un error.
Pero admitirlo cambiaría demasiadas cosas.
Así que simplemente levanto la mirada hacia él y mantengo mi postura.
—Esto sigue siendo un acuerdo —digo finalmente.
Adrien asiente despacio.
—Sí.
El silencio vuelve a instalarse entre nosotros.
Pero ahora es diferente.
Porque ambos sabemos que algo acaba de romper la simplicidad de ese acuerdo. Y ninguno de los dos parece tener claro cómo volver a colocar las cosas exactamente donde estaban antes.