GOLPE DE REALIDAD

1084 Palabras
[ADRIEN] El silencio entre Claire y yo no dura demasiado después de nuestra conversación en el balcón, pero tampoco desaparece por completo. Permanece allí, flotando entre nosotros como una especie de conciencia silenciosa de lo que acaba de ocurrir y de lo que ninguno de los dos parece dispuesto a mencionar otra vez. Al final soy yo quien rompe esa quietud incómoda. —Deberíamos salir —digo mientras tomo mi chaqueta del respaldo de una silla. Claire levanta la mirada desde el interior de la habitación. Durante un segundo parece sorprendida, como si no esperara que el día continuara con normalidad después de lo que acaba de pasar. —¿Salir? —No vine a Italia para quedarme encerrado en una suite —respondo con una pequeña sonrisa—. Y supongo que tú tampoco. Ella me observa unos segundos antes de asentir. No hay entusiasmo exagerado en su gesto, pero tampoco hay resistencia. Es más bien una aceptación tranquila, como si ambos estuviéramos agradecidos de tener algo concreto que hacer para evitar seguir dando vueltas alrededor de ese beso que ahora parece ocupar demasiado espacio entre nosotros. El trayecto hasta el pequeño pueblo cercano al hotel transcurre en silencio al principio. La carretera serpentea entre viñedos y colinas suaves, y Claire mantiene la mirada fija en el paisaje que se despliega frente a nosotros. La luz de la mañana cae sobre las plantaciones en tonos dorados y verdes, y por un momento tengo la impresión de que ella intenta memorizar cada detalle. —Es hermoso —dice finalmente. —Sí. —Nunca había visto algo así. No me sorprende escuchar eso. Durante estos meses he ido entendiendo poco a poco cuánto se parecen y cuánto se diferencian nuestras vidas. Para mí, viajar siempre ha sido algo natural, parte del mundo en el que crecí. Para Claire, en cambio, cada nuevo lugar parece convertirse en una experiencia que absorbe con una atención casi reverente. Aparco el coche cerca de la plaza principal del pueblo. Es pequeño, tranquilo, con casas de piedra clara y balcones llenos de flores que caen en cascada sobre las paredes. El aire huele a pan recién hecho y a café, y en las mesas exteriores de una pequeña cafetería varios vecinos conversan sin prisa. Claire camina a mi lado con una curiosidad que no intenta disimular. Sus ojos recorren cada rincón, cada ventana, cada detalle arquitectónico como si todo fuera nuevo. —Esto parece sacado de una postal —dice. —Italia suele tener ese efecto. Avanzamos por las calles estrechas sin un rumbo específico. Durante un rato hablamos de cosas simples, de la comida, del paisaje, de las diferencias entre París y este lugar donde el tiempo parece moverse más despacio. En algún momento nos detenemos frente a una pequeña tienda que vende productos locales. Claire observa con interés las botellas de aceite de oliva, los frascos de miel, los jabones artesanales que llenan el escaparate. —Esto es increíble —murmura. —Todo aquí está hecho a pequeña escala. Claire toma uno de los jabones y lo acerca a su nariz con un gesto automático que me hace sonreír. —Romero —dice—. Y algo más… tal vez lavanda. —No puedes evitar analizar olores, ¿verdad? Ella se encoge de hombros. —Es lo que hago. Salimos de la tienda y seguimos caminando hasta llegar a un pequeño mirador desde donde se ve todo el valle. Las colinas se extienden hasta el horizonte como olas verdes congeladas en el tiempo. Claire se apoya ligeramente en la baranda de piedra. —Podría quedarme aquí horas. —¿Pensando? —No —responde—. Simplemente respirando. Me apoyo a su lado. Durante unos segundos ninguno de los dos habla. El viento mueve suavemente su cabello y, sin darme cuenta, me descubro observándola con una atención que empieza a resultarme demasiado natural. —Adrien. —¿Sí? —Gracias por traerme aquí. La sencillez de la frase me toma por sorpresa. —No es gran cosa. —Para ti, tal vez. Su mirada se encuentra con la mía y por un instante tengo la sensación de que el mundo alrededor de nosotros se reduce a ese momento exacto. Es en ese instante cuando mi teléfono vibra en el bolsillo de mi chaqueta. El sonido rompe la calma de forma abrupta. Saco el teléfono sin apartar completamente la mirada de Claire, pero en el momento en que veo el nombre que aparece en la pantalla mi expresión cambia. Étienne. Director de producción. Respondo de inmediato. —Adrien Laurent. La voz al otro lado suena tensa. —Señor… tenemos un problema. Mi cuerpo se tensa automáticamente. —Explícate. Hay un breve silencio antes de que continúe. —Uno de los distribuidores acaba de reportar reacciones en clientes con el lote reciente de Lumière Noire. Claire se gira hacia mí al escuchar el nombre del perfume. —¿Qué tipo de reacciones? —pregunto. —Irritación cutánea. Nada grave todavía, pero el cliente exige una explicación. Y… —duda— también hay periodistas preguntando. Aprieto la mandíbula. —¿Cuántos frascos se distribuyeron? —Más de los que deberían, señor. Cierro los ojos un segundo. —Detén todo el envío restante —ordeno—. Quiero ese lote fuera del mercado inmediatamente. —Ya estamos trabajando en ello. —Convoca una reunión con el equipo técnico en dos horas. Estaré conectado. —Sí, señor. Cuelgo. Durante un momento permanezco inmóvil, con el teléfono aún en la mano. Claire me observa en silencio. —Es Lumière Noire… ¿verdad? Asiento lentamente. Ella no parece sorprendida. Solo preocupada. —¿Qué ocurrió exactamente? —Reacciones en la piel de algunos clientes. Claire baja la mirada durante un segundo, procesando la información. —El jazmín. La forma en que lo dice no suena como una pregunta. Su voz es tranquila, pero firme. —¿Estás segura? —pregunto. Claire levanta la mirada hacia mí. —Si sustituyeron el absoluto original por uno más sintético sin ajustar correctamente el resto de la fórmula… es posible. La observo en silencio. Durante unos segundos ninguno de los dos necesita decirlo en voz alta. Pero ambos entendemos lo mismo. Claire tenía razón. Lo que detectó en el laboratorio no era una simple variación. Era el comienzo de algo mucho más grande. Y ahora, mientras el viento sigue moviendo suavemente los viñedos bajo el sol italiano, la tranquilidad de nuestra luna de miel acaba de desaparecer por completo.
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