[ADRIEN]
Las palabras de Claire siguen dando vueltas en mi mente incluso después de que ella desaparece detrás de la puerta del baño. El sonido suave del agua al abrirse y el roce de la tela cuando deja su ropa sobre alguna superficie me llegan amortiguados a través de la madera, pero no son suficientes para distraerme de lo que acaba de decir.
Tiene miedo.
No de mí exactamente, sino de lo que podría significar acercarse demasiado.
Apoyo las manos sobre el respaldo de una de las sillas del salón y dejo que mi mirada recorra la habitación sin verla realmente. Afuera, el paisaje italiano se extiende bajo la luz tibia de la tarde: colinas cubiertas de viñedos, caminos estrechos que se pierden entre los árboles, el cielo que empieza a tomar ese tono dorado que parece existir solo en esta parte del mundo.
Y, aun así, todo lo que ocupa mi mente es Claire.
No entiendo del todo cómo llegué a este punto.
Hace apenas unos meses era solo la mujer que entró a mi oficina con un frasco de perfume en la mano y una seguridad inesperada en los ojos. Una asistente del laboratorio que hablaba con precisión sobre materias primas y lotes alterados. Una mujer que, sin rodeos ni dramatismos, me pidió que la eligiera.
Recuerdo perfectamente ese momento.
Recuerdo haber pensado que era una locura.
Recuerdo haber dudado de sus motivos.
Durante varios días estuve convencido de que había algo más detrás de su propuesta. Dinero, ambición, visibilidad. No habría sido la primera mujer que veía en un matrimonio con mi apellido una puerta hacia portadas de revistas o eventos exclusivos.
Había conocido demasiadas así.
Mujeres hermosas, seguras de sí mismas, acostumbradas a moverse con elegancia en salones llenos de gente importante. Mujeres que sabían exactamente qué esperar de mí y que aceptaban las reglas del juego sin pedir demasiado a cambio.
Mis relaciones siempre habían sido simples.
Breves.
Sin promesas.
Sin compromisos.
La mayoría puramente físicas, impulsadas por el deseo inmediato y nada más. Y nunca mentí al respecto. Las mujeres con las que estuve lo sabían muy bien. Sabían que no estaba buscando amor ni estabilidad, y aun así aceptaban porque el acuerdo era claro.
Pero Claire no se parece en nada a ellas.
Me doy cuenta de eso ahora, con una claridad que resulta incómoda.
Lo que mueve a Claire no es la ambición superficial ni la necesidad de reconocimiento. Lo que la mueve es algo mucho más difícil de encontrar: la lealtad hacia su padre, la disciplina que desarrolló para sobrevivir cuando su vida se volvió complicada demasiado pronto, y esa determinación silenciosa de no permitir que alguien destruya la empresa a la que ha dedicado tantos años.
Esa mezcla es peligrosa.
Porque hace que todo lo demás parezca… vacío.
Me sorprendo pensando en todas esas mujeres que alguna vez estuvieron a mi lado en cenas, galas y eventos empresariales. Recuerdo las conversaciones ligeras, las risas estudiadas, las miradas que sabían exactamente cuándo insinuar algo y cuándo retirarse.
En su momento nada de eso me parecía incorrecto.
Era simplemente la forma en que funcionaba mi mundo.
Pero ahora, con Claire del otro lado de la puerta del baño, todo eso pesa de una manera distinta.
No porque me arrepienta.
Nunca engañé a nadie.
Pero tampoco puedo ignorar que la mujer que está en esta habitación conmigo es completamente diferente.
Ella no pertenece a ese universo.
Y lo sabe.
Quizás por eso mantiene la distancia con tanta determinación.
El sonido del agua se detiene.
Un segundo después, la puerta se abre.
Claire sale con ropa distinta: un vestido sencillo de tela ligera que se mueve suavemente cuando camina, el cabello todavía húmedo en las puntas, el rostro fresco después de haberse lavado la cara.
Durante un momento me quedo observándola sin decir nada.
Ella frunce apenas el ceño.
—¿Estás bien? —pregunta con curiosidad genuina.
Me doy cuenta de que llevo demasiado tiempo mirándola.
Sonrío apenas y asiento.
—Sí. Solo estaba pensando y… nada, se me fue la mente.
No es una mentira completa.
Claire me observa unos segundos más, como si intentara decidir si cree o no en mi respuesta, pero finalmente deja el tema y se inclina hacia la maleta para acomodar la ropa que se quitó dentro de uno de los compartimentos.
—De acuerdo —dice con naturalidad—. Entonces… ¿cuál es el plan del día?
La pregunta me toma desprevenido.
Durante unos segundos simplemente la observo.
La verdad es que no había pensado en eso.
Todo este viaje fue organizado con rapidez: reservas del hotel, logística de seguridad, coordinación con la prensa que inevitablemente querrá fotografías en algún momento de nuestra estancia. Pero nada de eso tenía que ver con lo que haríamos realmente cuando estuviéramos solos.
Y en circunstancias normales…
Probablemente no estaríamos pensando en salir de esta habitación.
Pero Claire y yo no somos una pareja normal.
—¿Has venido a Italia antes? —pregunto finalmente.
Ella niega de inmediato.
—No.
Levanta la mirada hacia mí con una pequeña sonrisa que tiene algo de timidez.
—Sabes… lo más lejos que he estado de París ha sido Bruselas.
—¿Solo Bruselas?
Asiente.
—Fue un entrenamiento que pagó la empresa. Tres días de seminarios sobre control de calidad y materias primas. Ni siquiera tuve tiempo de recorrer la ciudad.
La observo mientras habla y no puedo evitar pensar, otra vez, en lo opuestos que son nuestros mundos.
Yo crecí viajando.
Aviones, hoteles, ciudades distintas cada pocos meses. Mi abuelo siempre consideró que conocer el mundo era parte de la formación de un heredero. Para mí, moverme de un país a otro nunca fue algo extraordinario.
Para Claire, en cambio, todo esto es nuevo. Y, aun así, no parece impresionada. Solo curiosa.
Cada día que pasa, cada pequeña cosa que descubro sobre ella, refuerza la misma idea: Claire ha pasado su vida luchando por cada oportunidad, esforzándose más de lo que la mayoría tendría que hacerlo.
Yo, en cambio, nací en medio de privilegios que nunca cuestioné.
Y aun así…
Nunca aprendí a amar a nadie.
La conclusión aparece en mi mente con una claridad incómoda.
Claire cierra la maleta y se incorpora.
—Entonces… —dice— ¿qué hacemos?
La observo unos segundos antes de responder. Una idea comienza a formarse en mi mente. Si este lugar va a ser parte de nuestra historia pública, también debería ser algo más que un escenario.
—Entonces te llevaré a conocer lo que más se pueda —digo finalmente.
Claire alza las cejas con sorpresa.
—¿Ahora?
—¿Por qué no?
Camino hasta quedar frente a ella y le ofrezco mi mano.
—Ven —añado con una ligera sonrisa—. Confía en mí.
Durante un segundo parece dudar.
Es apenas un instante. Pero suficiente para que entienda que su resistencia sigue ahí.
Luego, para mi sorpresa, coloca su mano en la mía. Y por primera vez desde que empezó todo esto… no intenta retirarla.
—Está bien —dice.
Salimos juntos de la habitación.
Y mientras caminamos por el pasillo silencioso del hotel hacia la luz cálida del exterior, no puedo evitar pensar que tal vez este viaje no solo cambiará la forma en que el mundo nos ve.
Tal vez también cambie la forma en que empezamos a vernos el uno al otro.