[CLAIRE]
La suite se siente distinta cuando regresamos.
Tal vez es la hora, o tal vez es la forma en que la noche ha caído sobre las colinas que rodean el hotel. Las ventanas abiertas dejan entrar un aire fresco que arrastra el aroma de la tierra húmeda y de las viñas que se extienden por todo el valle. Las luces del interior son suaves, cálidas, y por un momento tengo la sensación de que el mundo exterior ha quedado suspendido en algún lugar lejano.
Aquí dentro solo estamos Adrien y yo.
Y eso, de repente, hace que todo se sienta más peligroso.
No digo nada mientras dejo mi bolso sobre el sofá. Adrien tampoco parece tener prisa por hablar. Se acerca a la terraza con la misma calma con la que lo hizo antes y corre ligeramente la cortina que separa el salón del exterior.
Es entonces cuando ambos vemos la mesa.
Dos platos.
Dos copas.
Una botella de vino ya abierta.
Las velas encendidas proyectan pequeñas sombras que se mueven con el viento nocturno.
Me detengo en medio del salón.
—Parece que alguien pensó por nosotros —murmuro.
Adrien observa la escena durante un segundo antes de esbozar una media sonrisa.
—El hotel. Para ellos somos una pareja recién casada en luna de miel.
La palabra luna de miel flota en el aire. No digo nada.
Adrien se vuelve hacia mí y aparta una de las sillas de la mesa.
—Ven.
Salgo a la terraza.
La noche italiana tiene algo casi irreal. El cielo está completamente despejado y las estrellas aparecen con una claridad que en París nunca he visto. El valle es un mar oscuro de viñedos que se ondulan suavemente bajo la luz de la luna.
Nos sentamos.
Adrien sirve vino en ambas copas.
Cuando me entrega la mía, sus dedos rozan los míos apenas un instante. No es nada. Pero mi cuerpo reacciona como si lo fuera.
—¿Te gusta el vino? —pregunta.
—No sé mucho del tema.
—Eso se puede arreglar.
Levanta su copa.
—Por Italia.
Lo imito.
—Por Italia.
El vino es profundo, suave, con un sabor que permanece en la boca más tiempo del que esperaba.
La cena comienza con una conversación tranquila. Hablamos del lugar, del viaje, de las pequeñas diferencias entre París y este paisaje abierto que parece respirar con calma. Pero poco a poco la conversación cambia de tono.
Adrien me observa con más atención de lo habitual.
—Siempre quisiste trabajar en perfumería —dice de pronto.
No es una pregunta.
—Sí.
—¿Desde cuándo?
Me tomo unos segundos antes de responder.
—Desde que tengo memoria.
—¿Por tu madre?
Levanto la mirada hacia él.
—¿Por qué lo dices?
Adrien se encoge ligeramente de hombros.
—Porque cuando hablaste de ella en París mencionaste que le gustaban los perfumes.
La memoria vuelve con una claridad inesperada.
—Sí —digo finalmente—. Tenía una colección pequeña. Nada extravagante, pero cada frasco tenía una historia. Recuerdo verla elegir uno diferente según el día.
Adrien escucha sin interrumpir.
—Cuando murió —continúo— no pude deshacerme de ellos. Durante años los guardé todos.
—¿Todavía los tienes?
Asiento.
—Algunos.
—Eso explica tu nariz.
Sonrío apenas.
—Mi profesor en la universidad decía que el olfato es memoria entrenada.
Adrien gira ligeramente la copa entre sus dedos.
—Entonces tu memoria debe ser muy buena.
—A veces demasiado.
El silencio que sigue no es incómodo. Es denso.
Adrien me observa durante unos segundos antes de hablar otra vez.
—¿Y tu padre?
La pregunta es suave.
—¿Qué pasa con él?
—Lo mencionas mucho.
Bajo la mirada hacia la mesa.
—Es lo único que tengo.
Adrien no responde de inmediato.
—Eso explica por qué hiciste lo que hiciste —dice finalmente.
Sé a qué se refiere. A pedirle que me eligiera.
—No fue una decisión fácil.
—Lo sé.
—Pero tampoco me arrepiento.
Adrien levanta la mirada.
—¿Ni siquiera ahora?
—¿Debería?
Él no responde. En cambio bebe un sorbo de vino antes de hablar.
—Nunca nadie me había pedido algo así.
—Lo imaginé.
—Durante días pensé que estabas loca.
No puedo evitar reír.
—Tal vez lo estoy.
—No —dice con una seriedad inesperada—. Solo eras valiente.
La palabra me deja en silencio.
La cena continúa entre conversaciones que fluyen con una naturalidad que ninguno de los dos esperaba. Adrien habla de su padre, de cómo su abuelo lo preparó desde joven para dirigir la empresa. Yo le cuento pequeñas historias de la universidad, de mis primeros trabajos en el laboratorio, de los errores que cometí cuando todavía estaba aprendiendo.
En algún momento las copas quedan vacías. La noche se vuelve más profunda. Entramos nuevamente en la suite.
Durante unos minutos cada uno se mueve por la habitación con una calma que parece estudiada. Adrien revisa algunos mensajes mientras yo abro la maleta para cambiarme.
El vestido que llevo resulta más complicado de lo que esperaba. Intento bajar el cierre varias veces, pero simplemente no lo consigo.
Respiro hondo.
—Adrien.
Él levanta la mirada.
—¿Sí?
—Necesito tu ayuda.
Se levanta de inmediato.
Estoy de espaldas cuando se acerca.
—El cierre, no sé que pasa, no puedo bajarlo —explico.
No dice nada. Solo coloca los dedos sobre el cierre del vestido. El contacto es ligero. Demasiado consciente.
El sonido del cierre bajando parece amplificarse en el silencio de la habitación.
Siento su respiración cerca de mi cuello.
El vestido se afloja. Y durante un segundo ninguno de los dos se mueve.
Podría girarme. Él podría acercarse. Nadie nos vería, pero Adrien se detiene y da un paso atrás.
—Listo.
Detengo el vestido con rapidez antes de que caiga al suelo y me pongo la bata casi sin pensar.
Cuando vuelvo a mirarlo, Adrien tiene la mirada fija en mí de una forma que no había visto antes. Más seria. Más contenida.
—Voy a tomar aire —dice y sin más sale hacia el balcón.
Lo encuentro allí unos minutos después. Apoyado sobre la barandilla.
—¿Tampoco tienes sueño? —dice sin girarse.
—Todavía no es tan tarde.
Me acerco hasta quedar a su lado. El valle es un mar oscuro bajo la luna. El viento mueve ligeramente mi cabello.
Adrien levanta una mano… y durante un segundo parece que va a apartarlo de mi rostro. Pero se detiene.
La baja.
—Claire.
—¿Sí?
—Esto se está volviendo más complicado de lo que pensé.
Mi corazón late más fuerte.
—¿Por qué?
Adrien gira finalmente hacia mí. La distancia entre nosotros desaparece lentamente.
Puedo sentir su respiración. Sus ojos oscuros se quedan fijos en los míos. Por un instante estoy segura de que va a besarme.
El tiempo parece detenerse. Pero entonces recuerda algo. O alguien, y da un paso atrás.
—Buenas noches, Claire.
Entra de nuevo en la habitación. Yo me quedo en el balcón unos segundos más.
Porque ahora lo entiendo. El problema no es que algo haya pasado entre nosotros. El problema es que… cada vez parece más inevitable que ocurra.