Estaba a punto de desmayarse, ya no tenía equilibrio, y su cuerpo le pedía a gritos dejarse caer. Sintió alguien tomar su rostro entre sus manos y alzarle la cabeza. —Paula, mírame ¿estás bien? Estoy aquí —Le dijo Edward casi temblando. —Edward —arrastró las palabras. —. Llevame a casa, por favor —pidió. No podía con su peso, se sentía como una pluma que necesitaba desplomarse en el suelo y quedarse así. —Está bien, tranquila. Te llevaré a casa —Justo cuando la cargó entre sus brazos para salir con ella, perdió el conocimiento. Laura se encargó de recoger las mochilas y de seguir a Edward quien caminaba apurado con la chica en sus brazos. —No tenemos permiso —aclaró Laura. —Si lo tengo, lamento esto pero ¿podrías venir conmigo?—pidió Edward apenado. No le importaba perder horas

