Enrique En cuestión de horas, y después de una breve parada que hicimos a un viejo conocido donde recogimos los licores y cigarrillos que pedí para Claude, nos adentramos en la noche a la mazmorra principal de la Cdad. Del Vaticano que está bajo la plaza de San Pedro, e igual que hice durante años, organicé el minibar con lo necesario para mi última labor, una cuyos condenados chillaban a la distancia enardeciendo mis nervios. —¿Listo? —preguntó Claude al volver de la habitación continua. —Cuando usted diga, padre. Fui tras él arrastrando el carrito con los menesteres y antes de lo que imaginé, los rostros de Bucur Isou y Mirsea Paraschiv quedaron frente a nosotros colgando de cabeza, aunque era Mirsea quien poseía un amarre diferente al ser cercenadas sus piernas. —¿Fue por el accid

