A decir verdad, de los años que viví en las calles y trabajando para Bucur, los últimos fueron los peores, todo por culpa de ese maldito trabajo que despertó el hambre de la bestia que había distraído desesperado por años con cualquier cosa en cada minuto de cada día, pero todos tenemos un límite y yo estaba llegando al mío con tantas culpas encima, entonces, como si se tratase de una señal, una niña apareció de la nada con su estruendosa risa y unos pasos de ballet que me deleitaron. La escena duró unos escasos diez minutos pues ella partió con su madre en un taxi no sé a dónde, pero tuve la fortuna de descubrir que el punto de partida era su casa, por lo que grabé la dirección y cada cierto tiempo las acechaba en las sombras hasta conocer sus rutinas diarias, así como también supe que el

