Enrique Esta vez no me encuentro en el pasillo, sino que este yace detrás apenas iluminado con una tenue luz amarillenta que lo hace lucir tétrico, aunque no tanto como la oscuridad que tengo enfrente, aun así, mis piernas me adentran a la penumbra y una ráfaga de aire invernal cala hasta mis huesos, estoy desnudo, pero también encadenado de los tobillos con una placa metálica que rodea mi pierna y mi brazo, irónicamente, donde tengo mis tatuajes grandes. Me detengo en seco al ser consciente de esto y toco con cuidado donde yace el tatuaje de púas, descubriendo que en verdad poseo una cadeneta de púas metálicas enterradas. Siento la presión, pero no duele. De pronto una luz roja se enciende a lo lejos y un apetito voraz despierta de golpe, pero no en mi estómago, sino en mi entrepierna,

