El amanecer llega sin descanso. No dormí más que fragmentos breves, interrumpidos por ruidos que no existían y recuerdos que sí. La noche no fue solo miedo; fue memoria. El cuerpo no distingue entre una amenaza real y una antigua. Ambas activan el mismo mecanismo: alerta constante, respiración contenida, la necesidad de controlar incluso el silencio. La casa está vigilada. Cámaras encendidas, sensores duplicados, hombres apostados afuera y dentro, desplazándose con una discreción casi quirúrgica. Todo funciona. Todo responde. Y aun así, algo en mí sigue esperando el golpe que no llega. Crecí así. Rodeado de crimen, de secretos que se barrían bajo la alfombra, de verdades que solo existían a medias. Aprendí temprano que la calma suele ser una mentira bien contada. Dasha duerme arriba en

