La puerta se cierra detrás de Olivier con un sonido sordo, definitivo. La casa vuelve a quedar en ese silencio tenso que no es calma, sino contención. Un silencio vigilado. Dasha está de pie junto a la ventana, abrazándose los brazos, mirando hacia afuera sin ver realmente nada. No llora. No se desarma. Pero la conozco lo suficiente como para saber que está sosteniéndose con fuerza. Me acerco despacio. No quiero invadirla. No quiero que sienta que ahora todo se decide sin ella. —Dasha —digo—, necesito hablar contigo. Se gira. Me mira con atención, con esa mezcla de fortaleza y cansancio que se le instaló desde anoche. —Lo sé —responde—. Te escucho. Respiro hondo antes de continuar. No porque dude, sino porque quiero elegir bien cada palabra. —Contraté seguridad —empiezo—. Para la ca

