El día en la oficina ya no se parece a ninguno de los que viví antes. Nada cambia en apariencia: los mismos pasillos, los mismos ascensores de acero y vidrio, las mismas reuniones marcadas en la agenda. Pero todo está atravesado por una tensión invisible que no se disimula con profesionalismo. Hay hombres de seguridad en puntos estratégicos, movimientos calculados, miradas que ya no pasan desapercibidas. Incluso el silencio suena distinto. Camino junto a Dasha desde el estacionamiento hasta el edificio, escoltados, y no puedo evitar apretar su mano un segundo más de lo necesario. No porque dude de su fortaleza, sino porque necesito recordarme que está aquí, conmigo, a salvo… por ahora. Ella no se queja. No pregunta. Se mueve con la dignidad de quien entiende que la protección no es debi

