La casa nos recibe envuelta en sombras suaves. No es el silencio neutro de otras veces. Es uno cargado de pensamientos que no se dijeron en el coche, de conclusiones que todavía me arden en el pecho desde que salimos de la casa de su padre, de la palabra obsesión flotando entre nosotros como una amenaza que no necesita volumen para ser letal. Cierro la puerta detrás de nosotros. Dasha se queda quieta en el recibidor, con el bolso todavía colgado del hombro, como si el cuerpo no terminara de creer que ya estamos a salvo… por ahora. La observo mientras se quita los zapatos con movimientos lentos, mecánicos. La tensión no se fue con el trayecto. La trajo hasta aquí. Me acerco. Le quito el bolso sin decir nada y lo dejo sobre la consola. Cuando vuelvo a mirarla, sus ojos están clavados en

