Horas más tarde, cuando el sol ya se afirma sobre Miami y la casa vuelve a llenarse de esa luz limpia que entra por los ventanales como si nada pudiera esconderse, camino por el dormitorio ajustándome los gemelos mientras Dasha termina de arreglarse frente al espejo… en mi baño. Mi baño. Mi habitación. Y, desde ayer, también la suya. La observo desde la puerta y el pensamiento me golpea con una intensidad nueva: no se fue. No volvió a la otra casa. No recogió solo un bolso para pasar la noche. Está aquí. Con ropa en mis cajones. Con su perfume flotando en el aire. Con la decisión implícita de alguien que acaba de romper una jaula. No voy a negar que algo dentro de mí está… alterado. No es nerviosismo. Es una certeza nueva. Me descubro imaginando cosas que jamás me permití: cómo se ver

