La mañana avanza sin prisa. Después de prometer que hoy se queda, no saltamos de la cama enseguida. Nos quedamos abrazados un rato más, respirando al mismo ritmo, como si el cuerpo necesitara acostumbrarse a esta calma nueva. Dasha dibuja líneas distraídas sobre mi pecho con la yema de los dedos, sin darse cuenta del efecto que tiene en mí. —Tengo hambre —dice al final, sonriendo. —Eso se puede solucionar. Nos levantamos juntos. Ella lleva todavía la camiseta que tomó de mi maleta la noche anterior; le queda grande, le cae por un hombro, deja ver la curva de su cuello. Yo sigo en pantalón de dormir, descalzo, siguiéndola por el pasillo como si no quisiera perderla de vista ni un segundo. La cocina se llena de luz. Abre la heladera, se inclina apenas para buscar algo y tengo que hacer

