Amanece despacio. La luz entra filtrada por las cortinas y se posa sobre nosotros sin pedir permiso, como si quisiera comprobar que lo de anoche sigue aquí, que no fue un paréntesis. Dasha duerme boca arriba, el rostro relajado, una mano apoyada sobre mi pecho como si incluso dormida necesitara asegurarse de que no desaparecí. No me muevo. Me quedo observando cómo el día la alcanza poco a poco: el leve fruncir del ceño, el cambio casi imperceptible en su respiración, ese momento exacto en el que el sueño empieza a soltarse del cuerpo. Cuando abre los ojos, no se sobresalta. Me mira. Y sonríe. No es una sonrisa grande. Es íntima. De esas que no se ensayan. —Buenos días —dice, con la voz todavía tibia de la noche. —Buenos días. Se gira de costado y apoya la cabeza en mi hombro, acomo

