El anuncio del descenso llega con una suavidad engañosa. La voz de la azafata irrumpe en la cabina mientras el avión empieza a perder altura y, con ella, algo en mi pecho se contrae. Miami aparece detrás de las nubes como una promesa y una amenaza al mismo tiempo. La ciudad donde todo empezó… y donde todo puede romperse. Dasha está a mi lado, mirando por la ventanilla. La luz cambia su perfil, dibuja sombras suaves en su rostro. No está distante, pero sí contenida. Como si también sintiera que este momento no admite distracciones. Yo, en cambio, no consigo quedarme quieto. Hay pensamientos que llevo días ordenando sin éxito. Palabras que no encontraban lugar porque decirlas implicaba perder algo más que el control: implicaba perder la coartada de la indiferencia. En Tokio fue fácil sus

