La tarde en Miami avanza con ese calor denso que parece quedarse suspendido en el aire, como si la ciudad todavía no terminara de asimilar lo ocurrido esa mañana. Dentro del auto, sin embargo, el ambiente es distinto. Hay una calma nueva, más profunda, que no nace de la ausencia de problemas, sino de la certeza de que algo importante finalmente ha cambiado. Dasha mantiene la mirada fija en la ventana mientras la ciudad pasa frente a nosotros. No dice nada durante varios minutos, pero su silencio no es incómodo. Es reflexivo. Su mano descansa sobre su abdomen de forma casi instintiva, como si su cuerpo ya comenzara a adaptarse a una realidad que apenas empieza a tomar forma. Deslizo mi mano sobre la suya con suavidad, deteniendo ese gesto sin interrumpirlo del todo. Ella gira el rostro hac
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