La reunión comienza con la precisión que aquí parece una ley no escrita.
La sala es amplia, luminosa sin exceso, dominada por una mesa de madera clara que refleja una sobriedad casi ceremonial. Los representantes japoneses entran con una calma estudiada; cada gesto es contenido, cada palabra medida. Dasha ocupa el lugar a mi derecha. No es casual. Es el punto exacto desde el que controla cifras, riesgos y proyecciones sin invadir, sin imponerse.
Las presentaciones fluyen con cortesía impecable. Tarjetas entregadas con ambas manos, inclinaciones breves de cabeza, silencios que no incomodan sino que ordenan el ritmo. Hablan de estándares, de tolerancias mínimas, de tiempos que no admiten improvisación. Yo respondo con claridad, marco objetivos, delimito responsabilidades. Cuando llega el momento de los números, Dasha entra con naturalidad: precisa, firme, sin elevar la voz. No vende promesas; explica estructuras. No busca aprobación; sostiene argumentos.
La observo mientras habla. No desde el deseo que aprendí a dominar, sino desde una atención distinta, más limpia. Encaja aquí. Entiende el pulso del lugar. Y eso es poder.
La primera reunión termina sin cierres definitivos, pero con asentimientos que prometen continuidad. Quedan dos encuentros más. Nos despedimos con sonrisas breves, auténticas. El trabajo avanza.
Afuera, Tokio se despliega de nuevo. La tarde cae con una luz que no hiere; acompaña.
—Fue bien —dice Dasha, ajustando el bolso sobre el hombro.
—Muy bien —respondo—. Observan más de lo que hablan. Miden silencios.
—Se sintió así —admite—. Como si cada pausa también contara.
Caminamos sin rumbo fijo. Las calles se abren en capas: tiendas pequeñas, fachadas limpias, aromas suaves que no se imponen. Tokio no grita; sugiere. Y esa sugerencia nos envuelve.
—Nunca había estado aquí —dice—. Pensé que me intimidaría más.
—A mí me ordena —contesto—. Como si todo tuviera su lugar… incluso cuando no lo está.
Se detiene a observar un cruce iluminado. La gente avanza con una coreografía silenciosa. Me quedo a su lado, respetando el espacio, pero lo suficientemente cerca como para sentir su presencia.
—Matías —dice sin mirarme—, ¿te das cuenta de que caminamos como si nos conociéramos desde hace años?
—Quizá es porque dejamos de fingir que no pasa nada.
Gira hacia mí. La ciudad se refleja en sus ojos con un brillo distinto.
—Eso puede ser peligroso.
—Lo sé.
Entramos a un local pequeño de té. Nos sentamos junto a la ventana. Hablamos de viajes que marcaron, de músicas que acompañan noches largas, de rutinas que uno construye para no pensar demasiado. En algún punto, reímos. Es breve, contenida, real. Me sorprende la facilidad con la que se instala.
—No sueles reírte así —comenta.
—No suelo estar así —respondo.
Al salir, la noche ya tomó la ciudad. Caminamos de regreso al hotel con un silencio cómodo, cargado de algo que no exige palabras. El lobby nos recibe con mármol y luces quietas. El ascensor llega rápido. Subimos. Las puertas se cierran y el espacio se vuelve íntimo.
No hablamos.
Cuando se abren en nuestro piso, el pasillo parece más largo. Frente a las habitaciones, el tiempo se estira.
—Gracias por hoy —dice—. Por no convertirlo en otra cosa.
—Gracias por dejar que fuera esto.
Da un paso hacia su puerta. Luego se detiene. Regresa. La cercanía es absoluta ahora. No hay prisa ni cálculo. Solo una decisión que se toma sin anunciarse.
Me besa.
No es el beso contenido de la noche anterior. Es más profundo, más decidido. Sus manos suben y se afirman; mi respuesta es inevitable, intensa, sin disimulo. El mundo se reduce al contacto, al pulso que se acelera, a la certeza de que esto ya no es solo curiosidad.
Se separa apenas, con la respiración alterada y la mirada firme.
—Ven —dice en voz baja—. A mi habitación.