QUERER ENTENDER

840 Palabras
La noche no me concede descanso. Me muevo en la cama sin lograr encontrar una posición que apague la insistencia del recuerdo. No es el viaje, ni el cambio horario. Es el beso. Breve, contenido, suficiente para dejarme despierto con una claridad incómoda. Repaso el instante una y otra vez, como si al repetirlo pudiera encontrarle una lógica que no sea peligrosa. No hubo urgencia. No hubo conquista. Hubo algo distinto: una pausa que no conocía, una cercanía que no exigió nada y, aun así, lo cambió todo. Cuando amanece, ya estoy despierto. Me ducho, me visto, bajo al restaurante del hotel con la sensación de haber cruzado una frontera invisible. El lugar es amplio, silencioso, inundado por una luz suave que entra por los ventanales. Mesas ordenadas, murmullos bajos, una calma que parece diseñada para obligar a pensar. Dasha llega unos minutos después. No se anuncia. Simplemente aparece. Lleva el cabello recogido de manera práctica, el rostro limpio, sin maquillaje innecesario. Parece más real así, más cercana, como si la noche hubiese dejado algo expuesto. Cuando me ve, duda apenas un segundo antes de acercarse. —Buenos días —dice. —Lo son —respondo, y noto que mi voz suena distinta. Nos sentamos frente a frente. Pedimos café. El silencio se instala entre nosotros con una densidad que no incomoda, pero exige atención. La observo mientras revuelve la taza, cómo evita mirarme directamente, cómo su concentración parece demasiado precisa para ser casual. —No dormí mucho —dice al fin. —Yo tampoco. Levanta la vista. Hay algo en su expresión que no es defensa, sino cautela. —Supongo que por el cambio horario —añade. —No —respondo—. Por el beso. No lo digo con reproche ni con intención de empujarla. Lo digo porque necesito hacerlo. Dasha se queda quieta, la cuchara suspendida un segundo en el aire antes de dejarla sobre el plato. —Fue un impulso —dice—. No deberíamos darle más vueltas. —No fue solo eso —contesto, con una calma que me sorprende—. Y lo sabes. Me observa ahora, de frente. No hay dureza en su mirada, pero sí una distancia aprendida. —Matías, no confundas un momento con algo más —dice—. A ti se te dan bien los momentos. La frase no acusa, pero corta. Podría retroceder. Volver a mi terreno. Convertir esto en algo simple. No lo hago. —Con nadie fue así —digo—. Nunca. Su ceño se frunce apenas. —¿Así cómo? —Sin prisa. Sin necesidad de terminarlo en una cama. Sin sentir que, si avanzaba un paso más, iba a romper algo que no quería romper. Dasha aparta la mirada hacia el ventanal. La ciudad despierta al otro lado del vidrio, ordenada, ajena. Cuando vuelve a mirarme, su voz es más baja. —Crees que eso me tranquiliza —dice—, pero no lo hace. Me hace pensar que solo estás buscando otra forma de llegar al mismo lugar. —No quiero eso —respondo—. No ahora. No contigo. El café llega. El vapor sube entre nosotros como una tregua breve. Ella toma un sorbo, como si necesitara ese gesto para sostenerse. —A mí también me pasan cosas —admite—. Y eso es lo que me asusta. Porque no puedo permitírmelo. —¿Por él? No responde de inmediato. Sus dedos rodean la taza con una firmeza que delata tensión. —Con Sergei en mi vida no hay margen para errores —dice—. Ni para dudas. Menos aún para sentir algo que no sé cómo controlar. —Yo tampoco sé hacerlo —confieso—. El control fue siempre mi refugio. Y contigo… no funciona igual. Eso la desarma más de lo que esperaba. Lo veo en la forma en que su respiración cambia, en cómo sus hombros se relajan apenas, como si sostener la guardia empezara a cansarla. —Tal vez —dice— deberíamos fingir que nada pasó. —Podríamos —respondo—. Pero sería mentirnos. El silencio vuelve a caer entre nosotros, distinto ahora, más íntimo. No hay promesas ni planes. Solo una verdad compartida que ninguno se anima a nombrar del todo. —No sé qué está pasando —dice finalmente—. Solo sé que no quiero perderme… ni perder el control de mi vida. —Ni yo —respondo—. Pero quizá entenderlo sea el primer paso. Me mira durante un largo segundo. No sonríe. No se aparta. —Tal vez —dice— deberíamos averiguarlo. Con cuidado. Asiento. No hay acuerdos formales. No hay declaraciones. Solo la aceptación silenciosa de que algo empezó y que ignorarlo ya no es una opción. Terminamos el desayuno sin prisa. Afuera, Tokio sigue su curso. Dentro de mí, algo se acomoda con una certeza nueva y peligrosa: Por primera vez, no quiero ganar. Quiero entender qué es esto… y hasta dónde estamos dispuestos a llegar para no huir de ello.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR