El olor a humo sigue impregnado en mi traje cuando las sirenas comienzan a rodear el edificio. Primero llega la policía, luego los bomberos, y detrás de ellos —como si la tragedia fuera un espectáculo inevitable— aparecen las cámaras. Siempre llegan. Siempre hay alguien dispuesto a convertir el desastre en titular. El perímetro se amplía con rapidez. Cintas amarillas cruzan la entrada principal. Agentes toman declaraciones, técnicos entran y salen con equipos especializados, radios que crepitan órdenes que apenas se entienden. Mi edificio, el lugar que mi facilia construyo ladrillo por ladrillo, y que yo sigo construyendo decisión por decisión, se convierte en escena de investigación ante mis propios ojos. No me muevo. Estoy de pie frente a la entrada principal con Dasha a mi lado. Su m

