La noche en Zúrich no termina cuando salimos del lago. Termina cuando cerramos la puerta de la suite y el silencio nos envuelve como si el mundo corporativo hubiera quedado a miles de kilómetros. Aún llevo en la piel el eco del foro, las preguntas medidas, las miradas que intentaban descifrar si lo nuestro es estrategia o locura. Dasha deja el abrigo sobre una silla y camina descalza hasta el ventanal. Desde aquí, la ciudad parece ordenada, casi perfecta. Nada sugiere guerra. Me acerco por detrás y deslizo las manos por su cintura con naturalidad. No hay urgencia. Solo la necesidad de tocar algo que es real en medio de tanto cálculo. —¿En qué piensas? —le pregunto. —En que hoy no fue solo un movimiento empresarial —responde sin girarse—. Fue una declaración. Apoya su espalda en mi pec

