Han pasado dos días desde que terminó el foro en Zúrich. No lo siento como un cierre, sino como una respiración contenida. Como si todo lo que ocurrió allí —las palabras medidas, los silencios cargados, las miradas que intentaban descifrar si mi compromiso era amor o una jugada— hubiera quedado suspendido en el aire, esperando el siguiente movimiento. Nos quedamos en la ciudad un poco más de lo estrictamente necesario. Oficialmente, por reuniones complementarias. En la práctica, porque necesitaba observar qué sucede cuando uno deja de hablar… y empieza a escuchar. Zúrich no es una ciudad que se desborde. Aquí el poder no se exhibe; se administra. Las decisiones no se anuncian: se filtran en forma de ausencias, de demoras, de gestos mínimos que para cualquiera pasarían desapercibidos. P

