La casa me recibe con el mismo silencio impecable de siempre. Luces que se encienden solas, puertas que se cierran con precisión, espacios que no conservan huellas. Durante años, este orden fue mi refugio. Hoy se siente como una jaula demasiado grande. Dejo la maleta junto a la entrada. No voy directo al dormitorio. Camino. Recorro la sala, el pasillo, el ventanal que da a la ciudad. Miami se extiende brillante, viva, indiferente. Todo funciona. Todo sigue. Menos yo. Me sirvo un whisky. No lo bebo de inmediato. La imagen vuelve sin permiso. Sergei besándola. Su mano en su cintura. El gesto automático, seguro, como si ese cuerpo fuera una extensión natural de su dominio. Aprieto la mandíbula. No es celos solamente. Es una furia sorda, densa, que no se descarga con el alcohol ni con

