Regreso a la empresa con una sensación que no logro ordenar del todo. No es cansancio. Tampoco es ansiedad. Es algo más denso, más profundo. Como si el cuerpo hubiera vuelto, pero una parte de mí siguiera todavía suspendida en Tokio, en ese espacio frágil donde me permití sentir sin calcular. El café con el investigador no me deja tranquilo. Las palabras que pronunció siguen girando en mi cabeza: antecedentes financieros irregulares, sociedades opacas, movimientos que no encajan. Nada todavía es concluyente, pero todo es suficiente para entender que Sergei no es solo un hombre dominante. Es un hombre peligroso. Y eso cambia todo. Entro al edificio con paso firme, aunque por dentro algo se desordena. El ascensor asciende lento. Miro mi reflejo en el espejo pulido de la pared y no me reco

