La casa está en silencio cuando entro. No el silencio limpio y ordenado que siempre elegí, ese que no exige explicaciones ni deja rastros, sino uno distinto, más denso. Un silencio que no se limita a estar, sino que observa. Dejo las llaves sobre la consola, aflojo la corbata y camino hasta el ventanal que da a la ciudad. Miami sigue encendida, impecable, ajena. El mismo escenario de siempre. Yo no soy el mismo. Dasha no me sale de la cabeza. Me sirvo un whisky caro, uno de esos que suelo reservar para cerrar acuerdos importantes. Hoy no celebro nada. El vaso pesa en la mano, pero no lo bebo. Apoyo la frente contra el vidrio y cierro los ojos. Cada vez que la dejo ir, duele. No es un dolor que conozca. No es celos vacíos ni orgullo herido. Es algo más profundo, más incómodo: la certe

