El día empieza como todos. O al menos, debería. Me despierto antes de que suene la alarma, con esa sensación incómoda de haber dormido, pero no descansado. Miami ya está despierta cuando corro las cortinas: luz limpia, cielo sin matices, la ciudad funcionando como siempre. Todo está en su lugar. Yo no. Me visto sin pensar demasiado. Traje oscuro. Camisa clara. El reloj que nunca olvido. Los gestos de siempre, repetidos tantas veces que ya no requieren atención. Esa es la ventaja de la rutina: sostiene cuando la cabeza no quiere colaborar. Bajo a la cochera y manejo hacia la empresa con el piloto automático activado. Semáforos, avenidas, edificios que reconozco sin verlos. Intento concentrarme en la agenda del día: reunión con el comité financiero, revisión de presupuestos, llamada con u

