El silencio que queda después de una confesión no se disuelve de inmediato. Ayer, cuando salí de la casa de Cairo y Olivier, lo hice con una certeza nueva pesándome en el pecho: ya no estoy solo con lo que siento por Dasha. Olivier no me dio soluciones —nunca lo hace—, pero me dejó algo más incómodo y más necesario: una pregunta que no deja de girar. ¿Qué estás dispuesto a perder por ella? No dormí bien. No porque el cuerpo no encontrara descanso, sino porque la cabeza no supo dónde acomodar todo lo que viene después del amor. Porque enamorarse no fue el problema. El problema es sostenerlo en un mundo donde nada es simple. Llego a la empresa temprano. Demasiado. El edificio aún no termina de despertarse, y agradezco ese margen de silencio antes de que el día empiece a exigir versiones

