EL AMANECER

853 Palabras
Despierto con la certeza de que algo no encaja incluso antes de abrir los ojos. La cama está demasiado fría a mi lado. El silencio no es el habitual. No hay respiración ajena marcando un ritmo distinto al mío, no hay peso, no hay rastro inmediato de la noche anterior más allá de la memoria todavía tibia bajo la piel. Abro los ojos y la habitación me devuelve una verdad incómoda: estoy solo. Dasha no está. Me incorporo despacio, como si hacerlo de golpe pudiera cambiar algo. Recorro el dormitorio con la mirada. Nada fuera de lugar. Ninguna prenda olvidada. Ninguna señal de prisa. Solo orden. El tipo de orden que deja alguien que decidió irse sin hacer ruido. No la eché. No se fue porque yo lo decidiera. Y eso me atraviesa con una violencia que no esperaba. Cruzo la casa con pasos firmes, revisando espacios que sé perfectamente vacíos. La cocina. El pasillo. La entrada. La botella de vino sigue donde la dejamos. Dos copas, una apenas usada. Todo intacto. Como si su ausencia estuviera calculada para doler justo ahí donde no tengo defensa. No dejó nota. No dejó explicación. No pidió permiso. Por primera vez, una mujer se fue de mi casa porque quiso. Y no sé qué hacer con eso. La ducha no sirve para ordenar nada. El agua cae, el cuerpo reacciona, la rutina intenta imponerse, pero algo quedó desacomodado. Me visto con movimientos secos, automáticos. Traje oscuro. Camisa impecable. El mismo uniforme de siempre. El problema es que hoy no alcanza. Llego a la empresa con una tensión contenida que no logro disimular del todo. El edificio responde como siempre. El mundo sigue funcionando. Yo también… en apariencia. La veo desde lejos. Dasha está en su oficina, de pie, revisando unos documentos con la misma concentración precisa de siempre. No hay rastro de la noche. No hay incomodidad visible. No hay culpa. Está entera. Blindada. Eso me irrita más que su ausencia. No espero. No pido cita. Entro. —¿Te fuiste temprano? —pregunto, cerrando la puerta tras de mí. Levanta la vista despacio. Me mira sin sorpresa. Sin nervios. Sin nada que me conceda ventaja. —Sí. Una sola palabra. Fría. Exacta. —¿Por qué? —insisto. Se recuesta apenas en el escritorio, cruzando los brazos con un gesto que conozco demasiado bien. Es el gesto de quien se prepara para poner distancia. —Porque ya había terminado —responde. La miro fijo. —No —digo—. No habías terminado. Por primera vez, algo se mueve en su expresión. No culpa. No miedo. Cansancio. —Matías —dice, pronunciando mi nombre como si fuera un límite—, no hagamos esto más grande de lo que fue. Doy un paso más cerca. —Te fuiste sin decir nada. —No creí que fuera necesario. —Lo fue para mí. El silencio cae entre nosotros como una losa. Dasha me observa unos segundos que se sienten más largos de lo que deberían. Luego suspira, apenas. —Solo nos quitamos las ganas —dice finalmente—. Pasó lo que tenía que pasar y ya está. La frase me golpea más fuerte de lo que debería. —¿Eso es todo? —pregunto—. ¿Así de simple? —Sí —responde sin titubear—. Debería serlo para ti. Es lo que haces siempre, ¿no? Siento la mandíbula tensarse. —No hables de lo que no sabes. —Sé exactamente de lo que hablo —replica—. Mujeres entran y salen de tu vida como si no dejaran huella. Como si no importaran. Como si el contacto fuera suficiente y el resto, prescindible. Da un paso hacia mí ahora. No es un avance. Es un desafío. —Haz lo mismo conmigo —continúa—. Olvídalo. Archívalo. Trátalo como lo que fue: una noche sin consecuencias. La miro, buscando algo que no encuentro. Duda. g****a. Algo que me permita insistir sin perder. —No fue así —digo. —Lo fue —corrige—. Y cuanto antes lo aceptes, mejor. El silencio vuelve a instalarse, más denso que antes. Ella sostiene mi mirada con una firmeza que no reconoce lo que me está provocando. —Tenemos que trabajar juntos —añade—. No compliquemos algo que funciona. Eso es lo que más me descoloca. No su frialdad. No su distancia. Sino que me esté pidiendo que sea yo el que actúe como siempre. Asiento despacio, aunque nada en mí esté de acuerdo. —Está bien —digo finalmente—. Como quieras. No sonríe. No se relaja. Solo vuelve a sus documentos, dándome la espalda con una naturalidad que duele más de lo que debería. Salgo de su oficina sin decir nada más. Pero mientras camino por el pasillo de cristal, con la empresa extendiéndose a mis pies como un tablero que siempre controlo, una certeza se instala con una claridad incómoda: No se fue porque no le importé. Se fue porque sí le importó. Y por primera vez, no fui yo quien decidió cómo terminaba la noche.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR