FUEGO

862 Palabras
La puerta se cierra detrás de nosotros y el sonido queda suspendido en el aire, pesado, definitivo, como si la casa misma hubiera entendido que algo acaba de cambiar. No hay marcha atrás en ese clic seco que resuena más de lo que debería. No hay palabras. No las necesitamos. El beso vuelve a encontrarnos con una urgencia distinta, más cruda, menos calculada. Ya no es provocación ni advertencia; es una elección tomada demasiado tarde como para deshacerla. La boca de Dasha se abre bajo la mía sin resistencia, con una respuesta que no pide permiso ni lo concede. Sus manos suben por mi cuello, se aferran como si el equilibrio dependiera de eso, como si soltarme implicara caer en algo que no está segura de poder controlar. La levanto apenas, lo suficiente para sentir su peso, para confirmar que es real, que está aquí. La acerco más, la empujo suavemente contra la pared más cercana. El contacto es firme, decidido, pero no brusco. Siento su respiración desordenarse contra mi boca, caliente, irregular, y su cuerpo reaccionar antes que su mente, como si hubiera estado esperando este punto exacto donde el control deja de importar. —Dijiste que esto era un incendio —murmuro contra su piel, apenas separando mis labios de los suyos. —Lo es —responde sin retroceder, sin bajar la voz—. Y no sabes apagarlo. Hay algo en su forma de decirlo que no es reproche. Es advertencia… y desafío. Sonrío apenas antes de volver a besarla, pero esta vez no hay prisa. Esta vez hay intención. La casa desaparece. El lujo, el espacio, el silencio… todo se diluye hasta reducirse a este trayecto que recorremos a ciegas, guiados solo por el contacto, por la necesidad de no soltarnos. Mis manos la reclaman sin delicadeza fingida, recorren, aprietan, confirman. Como si hubiera algo que necesito asegurar una y otra vez: que está aquí, que no se va, que eligió esto tanto como yo. No la trato como trato a otras mujeres. No busco una respuesta automática. Busco una reacción real. Y la obtengo. Dasha responde con una intensidad que no esperaba. No es pasiva. No es cauta. Me devuelve cada gesto, cada presión, cada avance. Me empuja, me reta, me sostiene cuando avanzo demasiado. Hay algo en su forma de tocar que no busca complacer ni rendirse, sino afirmarse, marcar territorio incluso en medio de la cercanía. Eso me desarma más que cualquier entrega. Llegamos al dormitorio sin una transición clara, como si el espacio se hubiera plegado para llevarnos ahí. La luz es baja, apenas suficiente para ver cómo me observa, cómo su mirada se detiene en mí con una mezcla peligrosa de deseo y conciencia. No baja los ojos. No se esconde. No se disculpa por estar aquí. —Si cruzamos esto —dice, con la voz apenas más baja, más honesta— no hay marcha atrás. Me acerco despacio ahora. No por duda, sino por decisión. Cada paso es deliberado, como si quisiera grabar este momento en la memoria antes de romperlo. —Nunca la hubo —respondo. La beso otra vez, pero distinto. Más lento. Más profundo. Como si quisiera aprenderla con la boca, memorizarla con el tacto, entender dónde empieza y dónde termina. Su cuerpo se arquea contra el mío, buscándome, pidiendo sin decirlo. La tomo por la cintura, la guío, la reclamo sin palabras. No hay suavidad impostada. Hay verdad. El tiempo deja de tener forma. Las sensaciones se superponen hasta volverse indistinguibles: el calor de su piel, la cercanía constante, mi cuerpo moviéndose en ella, la respiración que se acelera, el pulso que no baja. Dasha se aferra a mí como si soltarme implicara perder el equilibrio. Yo no la dejo. No esta vez. No esta noche. No pienso en consecuencias. No pienso en mañana. No pienso en quién soy cuando ella no está. Solo en este instante donde el control se me escapa lentamente… y no quiero recuperarlo. Cuando finalmente el mundo se aquieta, quedamos cerca. Demasiado cerca como para fingir distancia. Su respiración aún irregular, su cuerpo todavía tenso bajo el mío. No hay palabras que intenten cerrar nada. No hay promesas ni acuerdos silenciosos. Solo una quietud cargada de algo nuevo, algo que no termino de reconocer, pero que pesa más de lo esperado. Dasha no se mueve enseguida. Tampoco yo. —Esto fue un error —dice al fin, pero su voz carece de convicción. Paso los dedos por su espalda, lento, consciente, como si ese gesto pudiera anclarla aquí un segundo más. —No —respondo—. Fue una decisión. Se queda en silencio. Siento cómo su cuerpo se relaja apenas, como si resistirse le costara demasiado, como si aceptar fuera más fácil que luchar. La noche avanza sin que ninguno lo note. Afuera, Miami sigue viva, ruidosa, ajena. Aquí dentro, algo quedó marcado de una forma que no se borra con el amanecer. Y cuando finalmente cierro los ojos, con ella aún cerca, lo entiendo con una claridad incómoda, peligrosa: No fue solo deseo. No fue solo descontrol. Fue el punto exacto donde dejé de tratar de ganar… y empecé a arriesgar.
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