La noche me encuentra solo, con una copa de vino en la mano y la ciudad extendiéndose detrás del cristal como una promesa que ya no me dice nada.
No debería estar pensando en ella. No después del día que tuvimos. No después de haber creado ese momento a solas, de haber medido cada palabra, cada silencio, como si estuviera empujando una puerta que ella insiste en mantener cerrada. Y, sin embargo, ahí está. Dasha. Instalándose en mi cabeza con una persistencia que no responde a la lógica ni al deseo simple.
Doy un sorbo lento al vino. No busco relajarme. Busco entender.
La frustración es seca, precisa. No es por lo que no pasó, sino por lo que estuvo demasiado cerca de pasar. Por la forma en que me miró sin ceder. Por la manera en que se fue, otra vez, dejando el espacio cargado de algo que no se disuelve con el tiempo.
Apoyo la copa sobre la barra cuando el timbre suena.
No espero a nadie.
El sonido vuelve a repetirse, firme, decidido. Camino hasta la puerta con una molestia que no alcanzo a identificar… y la puerta se abre a una contradicción hecha persona.
Dasha está ahí.
No vestida para la oficina. No contenida. Lleva un vestido sencillo, oscuro, el cabello suelto cayéndole sobre los hombros, el rostro serio. En una mano sostiene una botella de vino. En la otra, dos copas.
Por un segundo no digo nada.
—Espero no interrumpir —dice—. Pero creo que esta conversación no puede seguir postergándose.
La miro sin moverme del umbral.
—¿Cómo conseguiste mi dirección? —pregunto.
Una ceja se eleva apenas.
—Insistes tanto en acercarte —responde— que pensé que lo mínimo era saber dónde vivías.
Entro en silencio y le dejo pasar. La puerta se cierra detrás de ella con un sonido definitivo que me eriza la piel. Dasha avanza unos pasos, observando la mansión sin demasiado interés, como si el lujo no la impresionara.
—¿Vas a echarme o vas a invitarme una copa? —pregunta.
Tomo la botella de su mano sin responder y busco un sacacorchos. Sirvo el vino en ambas copas. El gesto es automático, pero mi atención está completamente en ella.
—¿A qué debo esta visita? —pregunto al fin.
Da un sorbo antes de responder. Me observa por encima del borde de la copa.
—A que sigues empujando —dice—. Y si vas a hacerlo, más vale que entiendas contra qué estás chocando.
Me acerco apoyándome en la barra frente a ella.
—No me has explicado nada —respondo—. Solo amenazas veladas. Guerras que no nombro. Líneas que no debo cruzar.
Deja la copa sobre la superficie con cuidado.
—Porque acercarte a mí no es como acercarte a todas esas mujeres con las que juegas —dice sin rodeos—. No es una distracción. No es una noche que se borra al día siguiente.
Su voz no tiembla. Sus ojos sí arden.
—Acercarte a mí —continúa— es prender fuego algo que va a ser muy difícil de apagar.
La miro, tratando de leer entre sus palabras.
—No veo el incendio —digo—. Solo veo a una mujer que me desea tanto como yo a ella.
Da un paso hacia mí.
—Eso es lo peligroso —responde—. Que creas que basta con eso.
El silencio se vuelve denso, cargado. Estamos demasiado cerca ahora. Puedo sentir el calor de su cuerpo, el perfume que no trae recuerdos sino urgencias.
—¿Y si no me importa? —pregunto—. ¿Si quiero quemarme?
Sus labios se separan apenas. No esperaba esa respuesta.
—No sabes lo que dices —murmura.
—Lo sé perfectamente —respondo—. Estoy cansado de advertencias. De medias verdades. De que te acerques y te alejes como si yo no contara.
Levanto una mano y rozo su brazo con los dedos, lento, consciente.
—Si viniste hasta aquí —añado— no fue para decirme que me detenga.
Sus ojos se clavan en los míos. Hay miedo ahí, sí. Pero también hay deseo. Y decisión.
—Viniste a comprobar si estaba dispuesto a asumir las consecuencias —digo—. Y aquí estoy.
El silencio se rompe cuando ella deja la copa a un lado y acorta la distancia final.
—Si te beso —dice— nada va a ser igual después.
—Nada ya lo es —respondo.
No hay más palabras.
La beso.
No con prisa, no con suavidad. Es un beso intenso, profundo, cargado de todo lo que se ha contenido hasta ahora. Dasha responde sin huir, sin dudar, como si hubiera llegado hasta aquí sabiendo exactamente en qué punto se encontraba el límite… y decidiendo cruzarlo.
Sus manos se aferran a mi camisa. Las mías recorren su espalda, firmes, reclamándola. El mundo se reduce otra vez a ese punto exacto donde el deseo deja de ser teoría y se vuelve decisión.
Cuando nos separamos, apenas unos centímetros, su respiración está desordenada. La mía también.
—Esto —susurra— es el incendio.
Sonrío, con la boca aún cerca de la suya.
—Entonces —respondo— dejemos que arda.