El día amanece con una claridad que no promete nada extraordinario.
Me levanto antes de que el sol termine de ganar altura, con el cuerpo aún tenso y la mente demasiado despierta. La noche no dejó descanso real; dejó certezas incómodas. La rutina vuelve a imponerse como una armadura conocida: agua fría, café n***o, traje oscuro. Me observo en el espejo el tiempo justo para confirmar que nada se nota. Que nadie podría adivinar lo que arde por debajo.
Salgo de la mansión con la misma puntualidad de siempre. Miami ya está en movimiento, húmeda, ruidosa, indiferente. El tráfico avanza, las agendas se cumplen. Yo también.
En la empresa, el día se despliega con normalidad quirúrgica. Reuniones, llamadas, decisiones que no admiten pausa. Hablo con firmeza, escucho lo justo, corto donde hay que cortar. El edificio responde. Los equipos avanzan. Todo funciona.
Y, sin embargo, la busco.
No de manera evidente. No todavía. Primero, la localizo en los informes que llegan a mi correo, en los comentarios precisos que deja en documentos compartidos, en las decisiones que toma sin necesidad de consultarme. Está ahí, presente, exacta. Como si nada hubiera pasado.
Eso me irrita… y me atrae.
Cruzo su piso más de una vez con la excusa de revisar avances. No la encuentro. Pregunto por ella sin que parezca una búsqueda. Me dicen que está en una reunión, que salió a ver un proveedor, que regresará más tarde. Cada ausencia tensa algo en mí que no debería tensarse por una sola persona.
Decido crear el espacio.
Pido a Anna que reorganice una reunión técnica para última hora. Nada urgente. Nada que no pueda esperar. Solo lo suficiente para justificar que estemos los dos. A solas. En un lugar donde las palabras no reboten contra demasiados oídos.
Cuando finalmente entra a la sala, lo hace con la misma compostura de siempre. Vestida con sobriedad, el cabello recogido, el gesto sereno. Pero hay algo distinto. Lo noto en la forma en que evita mirarme directamente al principio, en cómo se sienta con la espalda recta, demasiado consciente de la distancia.
—Gracias por venir —digo—. Quería revisar un punto antes de cerrar el día.
Asiente, sin levantar demasiado la vista.
—Claro.
La puerta se cierra detrás de nosotros con un sonido suave, definitivo. El silencio se instala, denso, cargado de todo lo que no se dice. Me muevo con calma, rodeando la mesa en lugar de sentarme de inmediato. No la invado. No todavía. La observo desde cerca, desde ese ángulo que obliga a sentir antes de pensar.
—¿Dormiste bien? —pregunto, como quien no mide el peso de la pregunta.
Levanta la mirada entonces. Sus ojos se cruzan con los míos apenas un segundo más de lo necesario.
—Lo suficiente —responde.
No pregunto más. No necesito hacerlo. Me apoyo en el respaldo de la silla frente a ella, inclinándome apenas hacia adelante. La cercanía es calculada. Mi voz baja sin esfuerzo.
—Anoche nos fuimos sin cerrar nada —digo.
Su mandíbula se tensa apenas.
—Anoche fue un error —contesta—. Y no pienso repetirlo.
—No estoy hablando de repetir —respondo—. Estoy hablando de no fingir que no pasó.
Se recuesta levemente en la silla, cruzando los brazos. Un gesto defensivo. Lo reconozco.
—Eso es exactamente lo que pienso hacer —dice.
Sonrío apenas. No con ironía. Con paciencia.
—No se te da bien fingir —comento—. Te mueves como alguien que está conteniendo algo.
Me observa en silencio. Puedo sentir cómo el aire entre nosotros se vuelve más denso, más tibio.
—¿Y tú? —pregunta—. ¿Qué haces aquí, Matías?
Doy un paso más cerca. No la toco. No hace falta.
—Busco claridad —digo—. Y no la encuentro evitando las cosas que me importan.
Sus labios se entreabren apenas. No por sorpresa. Por reacción.
—No te importo —responde—. Te obsesiona lo que no puedes controlar.
—Tal vez —admito—. O tal vez me importas precisamente porque no cedes.
El silencio que sigue es eléctrico. La tensión se vuelve física, palpable. Siento su respiración cambiar, hacerse más corta, más consciente. Me inclino un poco más, lo justo para que mi presencia la envuelva sin atraparla.
—No voy a tocarte —añado—. Pero no voy a dejar de mirarte así.
—Así… ¿cómo? —pregunta, apenas audible.
—Como alguien que ya cruzó una línea —respondo—. Y decidió no retroceder.
Se pone de pie de repente, obligándome a dar un paso atrás para no invadirla. Estamos a centímetros ahora. Demasiado cerca para la indiferencia. Demasiado lejos para lo que ambos queremos.
—Esto no es una buena idea —dice, con la voz firme, aunque sus ojos la contradicen.
—Las buenas ideas rara vez se sienten así —respondo.
Nos quedamos ahí, suspendidos en ese espacio que yo mismo forcé a existir. No hay besos. No hay contacto. Solo la certeza compartida de que este momento fue creado, buscado, elegido.
Y cuando finalmente se aleja, tomando su carpeta y dirigiéndose a la puerta, entiendo algo con una claridad inquietante:
No necesitaba tocarla hoy. Solo necesitaba demostrarle —y demostrarme— que sé cómo encontrarla… cuando decida dejarse encontrar.
Y eso, para alguien como yo, es el comienzo de una seducción mucho más lenta… y mucho más peligrosa.