La cena no empieza cuando nos sentamos a la mesa. Empieza mucho antes, en el trayecto silencioso hasta la casa de Cairo y Olivier, en la forma en que Dasha entrelaza sus dedos con los míos como si ese gesto pudiera sostener todo lo que está por decirse. La mansión se alza iluminada, serena, con esa elegancia que no necesita ostentación para imponer respeto. Conozco cada curva del camino de acceso, cada detalle de esa casa que fue refugio y escuela cuando mi vida se partió en dos. Hoy, sin embargo, cruzar esas puertas tiene un peso distinto. No vengo solo. No vengo a hablar de negocios. Vengo a decir algo que cambia la estructura completa de mi mundo. Olivier abre la puerta con su sonrisa habitual, esa que siempre parece leerme antes de que yo diga nada. Sus ojos se posan primero en mí, l

