La madrugada avanza lentamente cuando vuelvo a abrir los ojos. Durante un momento no recuerdo exactamente dónde estoy. Solo percibo la suavidad de las sábanas, el aire tibio que entra por las ventanas abiertas y ese sonido constante del mar golpeando suavemente contra la costa. Luego, poco a poco, todo vuelve a su lugar. Francia. La Riviera. Nuestra luna de miel. Y Dasha… aquí conmigo. Giro apenas la cabeza. Ella duerme de espaldas a mí, con el cuerpo ligeramente encogido y el cabello cayendo en ondas desordenadas sobre la almohada. La sábana se ha deslizado hasta su cintura y deja al descubierto la curva de su espalda, iluminada por la luz azulada que anuncia el amanecer. Me quedo mirándola en silencio. Durante años me acostumbré a despertar solo o en habitaciones que no significa

