El silencio que queda después es distinto al de antes. No es el silencio de la expectativa ni el de la tensión, sino uno lleno de calma, de respiraciones aún agitadas que poco a poco encuentran su ritmo, de piel tibia que todavía conserva el eco de lo que acaba de suceder. Dasha está recostada sobre mi pecho, una pierna enredada entre las mías, su cabello extendido sobre mi hombro y sobre la almohada. La luz tenue de la habitación entra desde la terraza, donde el Mediterráneo continúa moviéndose con una tranquilidad que parece contagiar todo lo que toca. Paso los dedos lentamente por su espalda, dibujando líneas suaves que la hacen suspirar apenas. —Podría acostumbrarme a esto —murmura con la voz aún un poco ronca. —¿A qué exactamente? Levanta apenas la cabeza para mirarme. —A esta

