El avión avanza con una constancia casi hipnótica.
Las luces de la cabina se atenúan y el murmullo general se diluye hasta convertirse en un ruido lejano, uniforme, como si el tiempo hubiera decidido aflojar el ritmo por unas horas. Dasha se acomoda en el asiento, se quita los auriculares que no estaba usando y gira apenas el rostro hacia mí.
No hay prisa en el gesto. Tampoco distancia.
—¿Siempre te cuesta dormir en los vuelos largos? —pregunta, en voz baja.
—No —respondo—. Me cuesta apagar la cabeza cuando no hay nada que resolver.
Dasha sonríe apenas, como si esa respuesta confirmara algo que ya intuía.
—Eso explica muchas cosas de ti.
—¿Ah, sí?
—Te mueves como si el mundo fuera una estructura frágil —dice—. Como si todo pudiera desmoronarse si dejas de sostenerlo.
No suena a reproche. Suena a lectura fina.
—Aprendí temprano que nadie iba a hacerlo por mí —contesto.
Dasha me observa con atención renovada.
—¿Siempre fue así?
Respiro hondo antes de responder. No porque no quiera hacerlo, sino porque hace tiempo que no pongo esto en palabras.
—Mis padres murieron cuando yo era joven —digo finalmente—. De golpe. Sin preparación. Sin margen.
Dasha no interrumpe. No hace preguntas innecesarias. Me deja avanzar a mi ritmo.
—Cairo y Olivier me criaron con todo el amor que pudieron —continúo—. Me dieron una casa, contención, estabilidad. Pero la empresa… el legado familiar… eso quedó en mis manos.
—¿Y tu hermano? —pregunta con cuidado.
—Salvador nunca quiso saber nada —respondo—. Eligió otra vida. Otra forma de existir. Yo no lo juzgo… pero alguien tenía que hacerse cargo.
La cabina vibra suavemente con una turbulencia leve. Nada grave. Solo lo suficiente para recordar que estamos suspendidos en algo que no controlamos del todo.
—No estaba orgulloso de mis padres —admito—. No de quiénes fueron ni de muchas de sus decisiones. Pero tampoco podía permitir que todo desapareciera. No después de lo que costó levantarlo.
Dasha asiente lentamente.
—Así que cargaste con todo —dice—. No por admiración… sino por responsabilidad.
—Exacto.
—Eso explica tu necesidad de control —murmura—. No es ambición. Es supervivencia.
La miro. No porque me sorprenda, sino porque acierta.
—Cuando todo se te cae una vez —digo—, haces lo imposible por que no vuelva a pasar.
Dasha guarda silencio unos segundos. Luego apoya la espalda contra el asiento, como si esa información hubiera cambiado algo en su forma de verme.
—A veces —dice— el control no es una elección. Es una consecuencia.
—Y una condena —agrego.
Me mira de perfil, con una mezcla de comprensión y algo más difícil de nombrar.
—¿Y quién eres cuando no estás sosteniendo todo eso? —pregunta—. ¿Quién eres cuando nadie depende de ti?
La pregunta se instala con peso real.
—Alguien que no sabe muy bien qué hacer con el silencio —respondo—. Por eso nado. Por eso me sumerjo. Es el único lugar donde nada me exige nada.
Dasha sonríe con suavidad.
—Yo camino —dice—. Sin rumbo. Sin destino. Me gusta desaparecer un poco.
—¿Para encontrarte?
—Para recordarme que existo fuera de lo que esperan de mí.
Asiento. Entiendo demasiado bien esa necesidad.
—¿Nunca te cansaste? —le pregunto—. De ser siempre la que responde, la que mantiene todo funcionando.
—Todo el tiempo —responde sin dudar—. Pero aprendí que si bajo la guardia… alguien más decide por mí.
La frase queda suspendida entre nosotros.
—No todo lo que te mantuvo a salvo te va a servir siempre —digo.
—Lo sé —responde—. Pero soltarlo da miedo.
—A mí también.
Por un instante, no somos socios. No somos piezas de un acuerdo. Somos dos personas marcadas por decisiones que no pidieron tomar.
—j***n es un buen lugar para estar lejos de todo eso —dice—. Nadie nos conoce. Nadie espera nada.
—Eso puede ser peligroso —respondo.
Dasha sonríe, esta vez sin defensas.
—O liberador.
El avión sigue su curso, atravesando horas, océanos, historias que no se cruzan. La conversación se vuelve más liviana: música, ciudades, libros que dejaron huella sin convertirse en refugio.
Cuando ella cierra los ojos, no me aparto. Tampoco me acerco más. Me quedo ahí, respetando una cercanía que no necesita invadir para sentirse real.
Y mientras el avión avanza rumbo a Tokio, lo entiendo con una claridad que no intento corregir:
No es solo deseo lo que me acercó a Dasha. Es reconocimiento. Porque por primera vez en mucho tiempo, alguien no intenta arrebatarme el control… ni exigirme que lo mantenga. Y eso, para mí, es algo completamente nuevo.