LLEGO EL DÍA

1084 Palabras
La semana pasa sin pedir permiso. No se presenta como una cuenta regresiva evidente, ni como una espera cargada de dramatismo. Avanza con la normalidad engañosa de los días que parecen iguales por fuera y se reordenan por dentro. Trabajo, reuniones, correos, ajustes finales. Todo sigue funcionando. Demasiado bien. Como si el sistema —la empresa, las agendas, los acuerdos— se empeñara en demostrar que nada esencial ha cambiado. Pero cambia. Lo noto en los silencios. En la forma en que Dasha y yo compartimos espacios sin buscarnos y, aun así, sabiendo exactamente dónde está el otro. En los cruces breves de mirada que no se sostienen más de lo necesario. En las conversaciones que empiezan siendo técnicas y terminan con una pausa que no estaba prevista. No volvemos a hablar de Sergei. No porque el tema se haya cerrado, sino porque ambos entendemos que hay conversaciones que no resisten la repetición sin volverse heridas. Dasha cumple con todo. Revisa números, anticipa escenarios, coordina con su equipo y con el mío con una precisión impecable. Nadie podría decir que está distraída. Nadie podría imaginar lo que le cuesta mantener esa compostura. Yo tampoco digo nada. No la presiono. No la confronto. No hago preguntas que no me ha invitado a hacer. Y ese autocontrol —tan distinto del que siempre ejercí— me resulta extraño. No me debilita. Me obliga a estar presente de otra forma. Las noches se alargan. Trabajo hasta tarde más de una vez, no por necesidad, sino porque el silencio del despacho se parece demasiado al silencio que dejé de buscar en mi casa. En una de esas noches, la encuentro todavía en su oficina, revisando por última vez un informe que ya estaba perfecto. —No necesitas quedarte —le digo desde la puerta. Dasha levanta la vista. —Lo sé. —Entonces… —Necesito terminar aquí para poder irme tranquila —responde—. No quiero llevarme dudas a j***n. Asiento. No insisto. Esa necesidad de cerrar antes de avanzar la entiendo mejor de lo que me gustaría admitir. El viernes previo al viaje, todo queda listo. Firmas finales. Itinerarios confirmados. Reuniones pautadas en Tokio con una precisión casi quirúrgica. El viaje deja de ser una idea para convertirse en un hecho inminente. Y entonces llega el día. El aeropuerto despierta antes que la ciudad. Luces blancas, voces medidas, pasos que se cruzan sin encontrarse. Llego con el tiempo exacto. Ni antes ni después. No me gusta esperar. Tampoco llegar corriendo. Dasha ya está ahí. La reconozco incluso antes de verla del todo. Está de pie cerca del ventanal, con una maleta pequeña a su lado y el teléfono en la mano. No habla. Solo lee algo en la pantalla con una concentración que no es real. Cuando guarda el móvil y alza la vista, me ve. —Buenos días —dice. —Lo son —respondo. Hay algo distinto en ella hoy. No en la forma de vestir —sobria, elegante, funcional—, sino en la quietud. Como si hubiera tomado una decisión interna que todavía no se atreve a nombrar. No pregunto. Aprendí que hay silencios que se respetan. —¿Todo en orden? —pregunto mientras avanzamos hacia el mostrador. —Sí —responde—. Bueno… lo necesario. Es lo más cerca que llega de una confesión. Durante el check-in, todo transcurre con la eficiencia habitual. Documentos, asientos, equipaje. Cuando pasamos el control y nos dirigimos a la sala de espera, el tiempo parece estirarse. No hablamos mucho. No hace falta. Compartimos el mismo espacio con una naturalidad nueva, sin la tensión eléctrica de los primeros encuentros, sin la frialdad forzada de los días posteriores. —¿Has estado en j***n antes? —pregunta de pronto. —Una vez —respondo—. Hace años. Por trabajo. Todo fue rápido. No vi casi nada. —Yo nunca he ido —dice—. Es… extraño pensar que estaré tan lejos. —La distancia cambia la perspectiva —comento—. A veces para bien. Dasha asiente lentamente. —Eso espero. La llamada de embarque interrumpe cualquier cosa que pudiera haber seguido. Caminamos juntos por el pasillo que conduce al avión, una fila ordenada de personas con destinos distintos y razones invisibles. Cuando entramos, el espacio se reduce. Asientos contiguos. Proximidad inevitable. Se sienta junto a la ventanilla. Yo a su lado. Durante el despegue, no hablamos. El ruido de los motores llena el espacio, y la ciudad se empequeñece bajo nosotros hasta volverse una geometría lejana. Dasha observa por la ventana con una atención casi reverente, como si ese gesto fuera un ritual de despedida. —¿Te da miedo volar? —pregunto. —No —responde—. Me da miedo lo que dejo atrás. No digo nada. No intento tranquilizarla. No todo miedo necesita ser calmado. Algunos solo necesitan ser reconocidos. Cuando el avión alcanza altura de crucero y el silencio se acomoda de otra manera, Dasha se gira hacia mí. —Gracias por no insistir —dice. —¿En qué? —En todo —responde—. En saber más. En arreglar cosas que no te corresponden. La observo con atención. —No es indiferencia —digo—. Es respeto. Dasha parece sorprendida por la palabra. —No estoy acostumbrada a eso —admite. —Yo tampoco —respondo. Hay una pausa. Larga. No incómoda. —j***n es importante para mí —dice al fin—. No solo por el acuerdo. Siento que… si esto sale bien, algo se ordena. Aunque sea un poco. —Va a salir bien —afirmo—. No porque yo lo diga. Porque tú estás preparada. Me mira. De verdad me mira. No busca halago. Evalúa la intención. —Eso suena a confianza —dice. —Lo es. Se recuesta en el asiento, cierra los ojos un momento. Yo hago lo mismo poco después, pero no duermo. Mi cabeza repasa la semana, las palabras que no dijimos, las decisiones que se tomaron sin anuncio. No sé qué va a pasar en j***n. No sé qué va a remover ese lugar, esa distancia, ese tiempo compartido fuera de todo lo que conocemos. Lo único que sé, mientras el avión avanza hacia el otro lado del mundo, es que este viaje no es solo un traslado. Es una línea que estamos cruzando. Y, como todas las líneas importantes, no se ve desde lejos. Se entiende solo cuando ya estás del otro lado.
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