La primera señal no es su voz.
Es su postura.
Veo a Dasha a través del cristal de su oficina, de pie, cerca del ventanal, con el teléfono pegado a la oreja y el cuerpo demasiado tenso para una llamada cualquiera. Hay una rigidez particular en sus hombros, en la forma en que sostiene el peso sobre una pierna como si estuviera lista para resistir un empujón invisible. No camina. No se mueve. Eso es lo que delata que la conversación la está arrinconando por dentro.
No escucho todo. La puerta y el vidrio amortiguan las palabras. Pero hay frases que se filtran como agujas.
—No es lo que acordamos…
—No voy a cancelar…
—Estoy haciendo todo lo que me pediste…
Pausa.
Luego, más alto, como si la paciencia se rompiera por un segundo:
—¿Qué más quieres que haga para que estés satisfecho?
El silencio que sigue es largo. No puedo oírlo, pero lo siento. La forma en que Dasha aprieta la mandíbula, la manera en que su mano libre se cierra, cómo baja la cabeza apenas, no en rendición… en contención.
Me acerco y toco la puerta una vez, solo para anunciarme. No entro todavía. Le concedo ese espacio mínimo para recomponerse. Ella gira el rostro, me ve y asiente con un gesto breve, como quien dice espera. Vuelve a la llamada.
Solo alcanzo a oír una frase más, dicha con una calma demasiado pulida:
—Voy a ir a j***n. Con o sin tu aprobación.
Luego corta.
No arroja el teléfono, no suspira de forma dramática, no se sienta. Se queda un segundo mirando la pantalla apagada, como si el simple hecho de verla le confirmara algo. Cuando alza la vista hacia mí, su expresión ya está controlada. Demasiado.
Entro y cierro la puerta tras de mí.
El clic suena definitivo, como si acabara de sellar el aire entre los dos.
—¿Era él? —pregunto, aunque no necesito confirmación.
Dasha no contesta de inmediato. Camina hasta su escritorio y deja el teléfono dentro del bolso, como si guardarlo lo volviera menos real. Luego se sienta, pero no se recuesta. Mantiene la espalda recta, firme, con esa disciplina que usa como escudo.
—Sí —dice por fin.
Me quedo de pie frente a ella, sin invadir, sin acercarme demasiado. No quiero que lo interprete como presión. Pero tampoco me voy.
—No escuché todo —digo—. Solo lo suficiente.
Dasha suelta una risa breve, sin humor.
—Siempre es suficiente con él.
La frase me incomoda en un punto que no es racional. No es celos. No es orgullo herido. Es la certeza de que hay una parte de su vida en la que la lógica deja de servir, y ella lleva mucho tiempo respirando ahí.
—Cada vez es más complicado —añade, sin mirarme.
—¿Por el viaje? —pregunto.
—Por todo —responde, y la palabra cae con un peso demasiado amplio para esta oficina.
Me apoyo en el respaldo de una silla, sin sentarme. Siento la tentación de suavizar el tono, de decir algo conciliador. Me contengo. Dasha no necesita lástima. Necesita verdad.
—¿Qué fue lo que discutieron? —pregunto—. A grandes rasgos.
Ella pasa un dedo por el borde de una hoja, un gesto mínimo que la delata. Cuando habla, lo hace como si tuviera que ordenar cada frase antes de soltarla.
—Él no quiere que vaya —dice—. O mejor dicho… no quiere que vaya sin que él lo controle.
—No puede controlar un viaje de trabajo —respondo, seco.
Dasha alza la mirada, y por un instante veo algo oscuro en sus ojos. No miedo abierto. No aún. Algo más sutil: cansancio aprendido.
—No estás entendiendo —dice, con calma—. Sergei no controla el viaje. Controla lo que representa.
Me quedo quieto.
—¿Y qué representa? —pregunto.
Dasha respira hondo.
—Que yo me muevo —dice—. Que tomo decisiones visibles. Que cierro acuerdos con gente que no es él. Que hablo en mesas donde él no está sentado. j***n es lejos, Matías. No por la distancia geográfica. Por la distancia simbólica.
La escucho sin interrumpirla. Esa última palabra me queda resonando: simbólica. Como si su vida se rigiera por códigos silenciosos que yo recién estoy empezando a percibir.
—Tuviste que luchar para conseguirlo —digo, más afirmación que pregunta.
Dasha asiente.
—Con mi padre fue distinto —admite—. Él confía en mí. Sabe lo que valgo. Me dio el sí enseguida, aunque… —hace una pausa— aunque también sabe lo que implica.
—¿Implica qué? —pregunto.
Dasha me mira con una mezcla extraña de firmeza y resignación.
—Que cada vez que doy un paso hacia adelante, Sergei siente que pierde terreno.
La forma en que lo dice… como si la vida fuera un tablero, como si ella fuera una ficha. Eso me enciende algo en el pecho. Y no es deseo.
—No debería ser así —digo.
—No debería —repite ella—. Pero lo es.
El silencio se extiende entre nosotros. Afuera, el edificio sigue funcionando. Teléfonos, teclados, pasos, ascensores. Aquí dentro, el tiempo parece otra cosa.
Y entonces la pregunta que me ronda desde hace días, desde que su nombre dejó de ser solo una variable de negocio, se abre paso.
No sé si tengo derecho a hacerla.
Pero la hago igual.
—¿Alguna vez estuviste enamorada de él?
Dasha no parpadea de inmediato. No se sobresalta. No finge. Solo se queda inmóvil, como si esa pregunta hubiera estado esperándola.
—No —dice al fin, clara—. Nunca.
La respuesta es tan firme que me corta el impulso de preguntar más. Pero no detiene mi necesidad de entender.
—Entonces… ¿por qué? —pregunto, midiendo el tono para no sonar como un juez.
Dasha se inclina apenas hacia adelante. Sus manos se enlazan sobre el escritorio, dedos contra dedos, como si se sujetara a sí misma.
—Porque en su momento parecía la única salida —responde—. Cuando mi padre llegó a Miami, no llegó con un imperio. Llegó con una huida. Con un apellido que en Rusia ya no significaba protección, sino peligro. Empezamos desde cero, pero el “cero” no es romántico. Es brutal.
Traga saliva antes de continuar.
—Sergei apareció cuando estábamos vulnerables. Cuando la empresa todavía era frágil, cuando cada inversión podía hundirnos o salvarnos. Él tenía contactos. Tenía liquidez. Tenía influencia. Y no la ofreció como un favor… la ofreció como un ancla.
—¿Y el costo fue… tú? —pregunto, sin suavizarlo.
Dasha no se ofende. Eso es lo peor.
—El costo fue una cadena con apariencia de elección —dice—. Al principio pensé que podía manejarlo. Que podía mantener mi espacio. Que podía cumplir con “lo acordado” sin perderme en el proceso.
Se detiene un segundo, y por primera vez su voz se quiebra apenas, no en llanto… en desgaste.
—Pero con el tiempo, entendí que no hay negociación posible cuando alguien cree que te pertenece.
Siento la mandíbula endurecerse sin querer. Me obligo a respirar. Me obligo a no decir lo primero que me nace, porque lo primero que me nace sería una promesa, y no sé prometer sin convertirlo en una guerra.
—¿Y j***n? —pregunto, buscando devolver la conversación a un punto concreto antes de que se vuelva demasiado íntima.
Dasha suelta el aire.
—j***n es… —mira hacia el ventanal— es una prueba para mí. No solo para la empresa. Para mí. Para recordarme que todavía tengo la capacidad de moverme por mis propios méritos, de sostener una negociación sin que alguien detrás tire de una cuerda.
—¿Y por qué te importa tanto? —insisto.
Ella vuelve a mirarme.
—Porque si cedo en esto, cedo en todo —dice—. Y no puedo. No otra vez.
Esa frase, no otra vez, me deja una pregunta clavada, pero no la hago. Todavía no. Hay límites que incluso yo estoy aprendiendo a respetar… con ella.
Me acerco un paso, lo justo para que mi voz no tenga que elevarse.
—No voy a preguntarte por detalles que no quieras darme —digo—. Pero sí necesito que entiendas algo: si vamos a viajar juntos, no voy a hacer como si no existiera lo que vi, lo que escuché… lo que pasa.
Dasha levanta una ceja.
—¿Y qué vas a hacer, Matías? —pregunta, cauta—. ¿Controlarlo?
La palabra me devuelve mi propia sombra.
—No puedo controlarlo —admito—. Pero puedo decidir dónde me paro cuando ocurre.
Dasha me observa largo rato. Hay algo en su expresión que se ablanda apenas, como si esa respuesta le resultara… inesperada.
—No quiero que te metas —dice entonces, más firme—. Porque por más que haya pasado lo que pasó entre nosotros, no te da derecho a entrar en mi vida.
Asiento. No discuto ese límite.
—No me da derecho —repito—. Tienes razón.
El silencio vuelve, pero esta vez no es un muro. Es un puente frágil.
—Entonces… ¿vamos? —pregunto, cambiando el aire a algo operativo. Algo que podamos sostener.
Dasha duda solo un instante.
—Sí —responde—. Vamos.
Y mientras la veo enderezarse en su silla, recuperar su máscara profesional con una precisión impecable, entiendo algo con una claridad incómoda:
Dasha no está atrapada por amor.
Está atrapada por historia.
Y lo único que la está empujando a moverse… no soy yo.
Es ella misma, cansada de obedecer.
Esa clase de impulso es peligroso.
Porque no se apaga con un beso. Ni con un acuerdo. Ni con una noche. Se apaga… solo cuando se rompe algo. Y yo no estoy seguro de estar preparado para lo que ocurrirá si eso pasa.