MOVER LAS PIEZAS

805 Palabras
No logro concentrarme después de eso. Regreso a mi oficina con el cuerpo funcionando por inercia y la mente detenida en una escena que no se disuelve: la mano de Sergei cerrándose sobre el brazo de Dasha, la forma en que ella intentó soltarse sin escándalo, como si supiera que cualquier exceso tiene un costo. No fue solo un gesto. Fue una advertencia silenciosa. Y yo la vi. Cierro la puerta y apoyo ambas manos sobre el escritorio. Respiro hondo. No sirve. Hay algo que ya se movió dentro de mí y no piensa volver a su sitio. Miro la agenda abierta: reuniones, llamadas, decisiones. Todo puede esperar unos minutos. Salgo. La busco sin disimulo esta vez. Cruzo pasillos, pregunto lo justo, leo silencios. Cuando por fin la encuentro, está en una de las salas pequeñas, revisando documentos con una concentración que parece forzada. No levanta la vista cuando entro. Sabe que soy yo. —Tenemos que hablar —digo. Suspira apenas. No es fastidio. Es cansancio. —No es buen momento. —Nunca lo es —respondo—. Pero no voy a fingir que no vi lo que pasó. Levanta la mirada entonces. Sus ojos están firmes, pero hay algo detrás, una tensión contenida que no le conocía. —No fue asunto tuyo, Matías. —Ocurrió en mi empresa —replico—. Y alguien te estaba sujetando como si tuviera derecho a hacerlo. Cierra el archivo con cuidado, como si ese gesto le comprara tiempo. —Sergei no suele perder el control —dice—. Y cuando lo hace, no conviene estar cerca. —¿Eso es una advertencia? —Es un hecho. Me acerco un poco más, sin invadir, pero lo suficiente para que entienda que no pienso retroceder. —No voy a mirar para otro lado si alguien te trata así. Dasha se pone de pie. El movimiento es lento, medido, pero definitivo. —No necesito que me protejas —dice—. Y menos que confundas las cosas. —¿Qué cosas? Me sostiene la mirada con una firmeza que no admite dobles lecturas. —Lo que pasó entre nosotros no te da ningún derecho sobre mi vida —continúa—. No te autoriza a intervenir, ni a decidir qué es mejor para mí. La frase golpea donde debe. —No estoy hablando de controlarte —respondo—. Estoy hablando de límites. —Los míos los marco yo —dice—. Y tú ya estás demasiado cerca de cruzarlos. Hay silencio. Denso. Incómodo. —No tientes a la suerte, Matías —añade, bajando la voz—. Hay personas que no juegan limpio. Y tú no sabes con quién te estás metiendo. —No me gusta que me digan qué no debo saber. —A veces —responde— no saber es la única forma de seguir adelante. Se aparta de la mesa y se dirige a la puerta. —Olvida lo que viste —dice sin mirarme—. Y olvida lo que pasó entre nosotros. Fue… un error. Nada más. Abre la puerta y se detiene un segundo, lo suficiente para que su última frase pese más de lo que aparenta. —No conviertas esto en algo que no puedes manejar. Sale sin esperar respuesta. Me quedo ahí, frente a una sala vacía que dice más que cualquier explicación. Olvidar nunca fue una opción para mí. Regreso a mi oficina con una decisión formándose con una claridad incómoda. Si ella no puede hablar, alguien más lo hará. Me siento, tomo el teléfono y marco un número que no uso seguido, pero que nunca falla. No está en mis contactos visibles. No lo estaría. —Necesito información —digo cuando atienden—. Todo lo que puedas conseguir. —¿Sobre quién? Pronuncio el nombre despacio, midiendo su peso. —Sergei Novikov. Hay una pausa mínima al otro lado. —¿Algún motivo en particular? —Sí —respondo—. Quiero saber con quién estoy tratando… antes de decidir cómo moverme. —¿Alcance? —Completo. Negocios, vínculos, favores, deudas. Todo lo que no se muestra. —Te llamo cuando tenga algo. Cuelgo y me recuesto en la silla, observando la ciudad a través del ventanal. No hay alivio. Tampoco satisfacción. Solo una certeza que se instala con firmeza. Dasha no está exagerando. Sergei no es solo un hombre difícil. Y si ella cree que acercarme a su mundo es tentar a la suerte, entonces hay algo ahí que necesito entender… incluso si ella no quiere que lo haga. No porque crea tener derecho sobre su vida. No porque me lo haya pedido. Sino porque nadie entra en mi territorio imponiendo fuerza sin consecuencias. Y porque, me guste o no, lo que pasó entre nosotros ya hizo imposible que esto me resulte ajeno.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR