Dos días.
No debería ser tanto tiempo, pero lo es. Dos días desde la última conversación real, desde la última vez que Dasha me sostuvo la mirada sin levantar barreras visibles. Ahora, la distancia no es solo física; es estratégica. Calculada. Dasha no se limita a evitarme: reorganiza su presencia dentro del edificio como si cada movimiento estuviera diseñado para no coincidir conmigo más de lo estrictamente necesario. Cambia horarios, delega reuniones, utiliza intermediarios para asuntos que antes resolvía en persona. No hay torpeza en ello. Hay intención.
Y esa intención me descoloca.
La veo todos los días, pero no la alcanzo. Es una presencia que se desplaza por los márgenes de mi campo de acción, siempre visible, siempre fuera de alcance. Profesional hasta el extremo, correcta en cada gesto, precisa en cada intervención. No hay rastros de lo que ocurrió entre nosotros, como si hubiera archivado esa noche en un compartimento que no piensa volver a abrir. Esa frialdad no me tranquiliza. Me enerva.
Lo que antes era tensión ahora es ruido constante.
Como si no fuera suficiente, Sergei aparece más seguido.
No entra imponiéndose, no levanta la voz, no provoca escenas. Su forma de ocupar el espacio es más peligrosa: silenciosa, constante, vigilante. Está en el lobby cuando ella llega. En los pasillos cercanos a su oficina. En reuniones donde su presencia no es imprescindible. Dasha se mueve a su lado con una compostura rígida, como si cada paso estuviera medido. No hay gestos íntimos, pero tampoco distancia real. Él se inclina para hablarle; ella escucha sin asentir demasiado. No parece una pareja. Parece una estructura.
Y yo lo observo todo.
Desde afuera, mi día sigue siendo impecable. Cierro acuerdos, superviso avances del proyecto automotriz, reviso prototipos y cronogramas. El nuevo modelo avanza con la precisión que exigí desde el inicio: la fabricación de componentes clave se integra sin fricciones, los costos se mantienen dentro del margen proyectado, los plazos se respetan. Todo funciona. Todo debería bastar.
Pero no basta.
La ausencia forzada de Dasha se filtra en cada pausa, en cada silencio entre reuniones. No como deseo explícito, sino como una incomodidad persistente, una sensación de que algo está deliberadamente fuera de mi alcance. El control —mi terreno natural— empieza a sentirse incompleto.
El tercer día, el teléfono vibra.
Un mensaje corto, sin adornos.
“Tengo información. Café. Hoy.”
Lo leo dos veces. No respondo de inmediato. No porque dude, sino porque sé que lo que venga después de esta conversación va a cambiar la forma en que miro todo. Finalmente escribo una sola palabra: Dónde.
El café está a pocas cuadras de la empresa. No es un lugar de moda ni uno especialmente agradable. Precisamente por eso. Entro sin apuro y lo veo sentado al fondo, de espaldas a la pared, con una taza intacta frente a él. No hay saludos innecesarios. Nunca los hubo.
—No es limpio —dice apenas me siento—. Nada de esto lo es.
Desliza una carpeta delgada sobre la mesa. No la abro de inmediato. Lo observo.
—Sergei Novikov no es solo un empresario influyente —continúa—. Es un intermediario. Donde hay dinero que necesita moverse sin demasiada visibilidad, él aparece.
Abro la carpeta.
Documentos ordenados con una precisión inquietante. Registros cruzados. Empresas que se repiten bajo distintos nombres. Fondos que cambian de país con una facilidad sospechosa. Leo despacio, deteniéndome en cada detalle. Reconozco patrones. Nada improvisado. Nada accidental.
—¿Y Dasha? —pregunto, sin levantar la vista.
El detective se inclina un poco hacia adelante, bajando la voz aunque nadie nos presta atención.
—El padre estaba al borde de la quiebra hace años. Deudas grandes. Muy grandes. Novikov entró como salvador… pero no regala nada.
Paso una hoja. Luego otra.
—No fue un préstamo —continúa—. Fue una absorción progresiva. Control financiero disfrazado de ayuda. Dependencia total. Y cuando el negocio dejó de ser suficiente garantía…
No termina la frase.
No hace falta.
—El compromiso —digo en voz baja.
Asiente.
—Exacto.
Cierro la carpeta con cuidado. El ruido del café sigue alrededor: conversaciones triviales, cucharas chocando contra porcelana, risas que no tienen nada que ver conmigo. Todo sigue igual, y sin embargo, nada lo está.
—No hay denuncias —agrega—. Nada que puedas usar directamente. Todo está cubierto por acuerdos privados. Pero hay algo más.
Levanto la vista.
—Novikov no comparte —dice—. Lo que considera suyo, lo protege… o lo castiga.
Pago la cuenta antes de levantarme. La carpeta pesa más de lo que debería cuando la tomo. Camino de regreso a la empresa con una claridad incómoda instalándose en el pecho.
Dasha no se está alejando por juego. Ni por indiferencia. Ni por culpa.
Se está protegiendo.
Y la presencia constante de Sergei no es casualidad. Es vigilancia. Es recordatorio. Es una forma de mantener el cerco cerrado.
Cuando entro de nuevo al edificio y los veo juntos al otro lado del lobby, hablando en voz baja, algo termina de encajar. No es celos lo que siento. Tampoco orgullo herido. Es algo más frío, más peligroso.
Ella no está jugando conmigo. Está atrapada en una estructura que no eligió del todo. Y por primera vez desde que empezó todo esto, dejo de preguntarme qué quiero de Dasha…
y empiezo a preguntarme qué estoy dispuesto a hacer cuando alguien cree que puede poseer lo que yo ya no puedo ignorar.
La distancia que ella impuso no me enfría.
Me enciende.
Y Sergei, sin saberlo, acaba de dejar de ser solo un obstáculo.
Ahora es un problema.