Espero a que el edificio empiece a vaciarse.
No porque no pueda buscarla antes, sino porque necesito que el cansancio haga su trabajo, que el día le haya limado las defensas lo suficiente como para que no pueda esconderse detrás de la precisión con la que controla todo. El final de la jornada siempre deja grietas. A mí también me las deja, aunque me empeñe en ignorarlas.
La veo salir de su oficina con el bolso colgado del hombro, el paso firme, la expresión cuidadosamente neutra. No mira alrededor. No busca a nadie. Avanza como quien solo quiere cerrar el día y dejarlo atrás. Me interpongo en su camino antes de que alcance el ascensor.
—Tenemos que hablar.
Se detiene. No hay sorpresa en su rostro. Solo cansancio.
—No —responde—. Hoy no.
—Hoy sí —digo—. Ahora.
Me mira con esa mezcla de advertencia y hartazgo que ya empiezo a reconocer.
—Matías, no es buena idea.
—Hace días que no lo son —replico—. Y aun así, seguimos avanzando.
Intenta rodearme. Le bloqueo el paso con el cuerpo, sin tocarla, dejando claro que no pienso moverme.
—No te corresponde —dice en voz baja—. Te lo dije.
—Y no te escuché —admito—. Porque lo que sé ahora no me permite hacerlo.
El lobby está casi vacío. El silencio amplifica cada respiración. Dasha cierra los ojos un segundo, como si evaluara el costo de cada opción.
—No voy contigo —dice finalmente.
—No te estoy pidiendo permiso.
Sus ojos se clavan en los míos. Durante un instante pienso que va a levantar la voz, que va a hacer de esto un problema público. No lo hace. Eso me dice más de lo que quisiera saber.
—Cinco minutos —dice—. Nada más.
—En mi casa —respondo—. No aquí.
—Estás cruzando una línea.
—Esa línea ya no está donde crees.
No la tomo del brazo. No la empujo. Simplemente avanzo y espero. Tras un segundo largo, insoportable, me sigue. No porque quiera. Porque sabe que negarse no va a hacer que esto desaparezca.
El trayecto en el auto es silencioso, denso. Conduzco sin prisa, sin desvíos. Ella mira por la ventana, rígida, con las manos apretadas sobre el bolso. No intenta hablar. Yo tampoco. Las palabras que importan necesitan espacio para caer.
La casa nos recibe con su quietud habitual. Las luces se encienden solas, el mármol devuelve el eco suave de nuestros pasos. Dasha se detiene en el centro del salón, como si avanzar más implicara algo que no está dispuesta a aceptar.
—Habla —dice—. Dijiste que querías hacerlo.
Dejo las llaves sobre la mesa y me giro hacia ella con una calma que no siento del todo.
—No estoy aquí por lo que pasó entre nosotros —empiezo—. Ni siquiera por lo que ocurrió en la empresa.
Frunce el ceño apenas.
—Entonces ¿por qué?
—Porque hay cosas que no encajan —respondo—. Y porque cuando algo no encaja, suelo averiguar por qué.
Su postura se endurece.
—No tienes derecho a investigar mi vida.
—No investigué la tuya —digo—. Investigé a Sergei.
El efecto es inmediato. No hay dramatismo. Es peor que eso.
Dasha se queda inmóvil.
—¿Qué hiciste? —pregunta, con una calma tensa que no engaña.
—Lo necesario para entender con quién estoy tratando.
—No tenías derecho —dice—. Lo que pasó entre nosotros no te da ningún tipo de permiso.
—No lo hice por lo que pasó entre nosotros —respondo—. Lo hice porque hay demasiadas cosas alrededor de él que no son limpias.
Da un paso atrás, como si el espacio entre nosotros se hubiera vuelto peligroso.
—No sabes nada.
—Sé más de lo que crees —digo—. Sé cómo entró en la empresa de tu padre. Sé que no fue ayuda, fue control. Sé que cuando alguien deja de ser rentable para él, pasa a ser otra cosa.
Su mandíbula se tensa.
—Detente.
—Sé que ese compromiso no fue una elección libre —continúo—. Y sé que no estás jugando a mantener distancia conmigo. Te estás protegiendo.
—No entiendes el alcance —dice—. No entiendes lo que despiertas cuando te metes ahí.
—Entonces explícamelo.
—No puedo.
—¿O no quieres?
El silencio se vuelve pesado, casi opresivo. Dasha baja la mirada un segundo, apenas lo suficiente para traicionarse. Cuando vuelve a alzarla, hay algo distinto en sus ojos. No miedo. No rendición.
Determinación.
—Esto —dice despacio— es exactamente lo que te advertí desde el principio. Te estás metiendo en algo que no puedes controlar.
—Nunca intenté controlarlo —respondo—. Solo negarme a ignorarlo.
—Si sigues por este camino —sentencia— no habrá marcha atrás.
—Nunca la hubo —contesto.
No nos movemos. No nos tocamos. La distancia entre nosotros es mínima, cargada de una tensión que ya no tiene que ver solo con deseo.
Lo que empezó entre nosotros dejó de ser una historia privada.
Ahora es peligroso.
Y ambos lo sabemos.