Champion asiente. Me da una última mirada que no puedo descifrar, una mezcla de confusión, lástima y algo que no reconozco. Luego se dirige a la puerta, abre y se marcha. El sonido de la puerta al cerrarse resuena como un disparo. Me cubro el rostro con las manos. Mi respiración es rápida y superficial. Maldigo en voz baja porque ha pasado tanto tiempo, tanto trabajo en terapias y afirmaciones, en construir esta fortaleza inquebrantable, que no esperaba esa reacción. El miedo. El mismo miedo paralizante que sentí hace años. Algo en la proximidad y la rapidez de Champion lo había activado. Sabía, en el fondo, que Champion no me haría daño, que él solo quería negociar y reclamar. Pero mi cerebro, el cerebro de Arizona, la mujer que ha sido herida, no pensó lo mismo. Los recuerdos de eso

