Eric es el primero en reaccionar y moverse primero. Rodea la escena con cautela y sus ojos de águila analizan cada detalle. Se agachó, ignorando el peligro de los cristales, y toca algo antes de levantar su dedo y veo el lodo con la punta de su dedo. —No se cayó, Rose —dice, poniéndose de pie y mirándome, sus ojos oscuros ardiendo con una intensidad aterradora—. Alguien lo arrojó al suelo. El aire se hace denso. Y el terror frío me golpea en el pecho al imaginar que cuando llegue a casa había alguien al acecho y, si no fuera por Eric, que llegó de sorpresa, quién sabe qué habría sucedido. Me acerco con mi mano pegada al pecho, dándome cuenta de que el rastro de lodo de antes ahora tiene sentido; ahora lo he confirmado, y la prueba está en el florero hecho añicos y el lodo en los dedos de

