El silencio en el ático no es el vacío al que estoy acostumbrada en el hospital o en mi propia soledad. Es un silencio vibrante, cargado de una electricidad estática que hace que el vello de mis brazos se erice cada vez que el aire se mueve. Miro hacia el gran salón, donde los ventanales ofrecen una vista privilegiada de las luces de Tampa, y suelto un suspiro largo, cargado de un nerviosismo que me hace sentir como una adolescente en su primera cita. Han pasado apenas unos días desde aquel almuerzo, pero se sienten como meses. Hemos intentado, con una cautela casi dolorosa, reconstruir los puentes que la cobardía y el orgullo han dinamitado. Salidas breves, cafés compartidos entre turnos, mensajes de texto a deshoras... pero ya no podemos retenerlo más. La tensión superficial está a punt

