CONFUNDIDO

3097 Palabras
[ZAED] Al entrar en mi habitación, saco el móvil del bolsillo casi por inercia para mirar la hora. Las tres de la madrugada. No me sorprende. Después de que sus padres regresaran a casa terminamos viendo aquella serie que ninguno de los dos estaba siguiendo realmente. En algún momento el cansancio nos venció y nos quedamos dormidos con la televisión encendida. Solo despertamos cuando una notificación hizo vibrar el móvil de Nayra sobre la mesita de noche. Fue entonces cuando comprendí que ya era demasiado tarde para seguir allí y decidí regresar a casa. Cierro la puerta de mi habitación con cuidado para no despertar a nadie y comienzo a quitarme la ropa. La camisa termina sobre un sillón, los zapatos junto a la cama y el cinturón cae sobre el suelo sin que me moleste en recogerlo. Me dejo caer de espaldas sobre el colchón, convencido de que el cansancio hará el resto. Pero no ocurre. Mi cuerpo está agotado. Mi cabeza, no. Cierro los ojos y, en lugar de encontrar oscuridad, vuelvo a verla delante de mí. La imagen aparece con una claridad desesperante. Nayra de espaldas, acomodándose el camisón antes de que me marchara. La tela resbalando lentamente sobre su piel, su cabello cayendo sobre la espalda y esa sonrisa que me dedicó por encima del hombro cuando sintió que seguía observándola. Resoplo con frustración. Cinco minutos más. Solo habría necesitado cinco minutos más para volver a hacerla mía. Lo sé. Ella también lo sabe. Y probablemente ninguno de los dos habría hecho el menor intento por detener lo que ya se había convertido en una costumbre entre nosotros. Por eso me fui. Necesito empezar a controlar todo esto, aunque sea dando pasos ridículamente pequeños, porque cada vez me resulta más difícil convencerme de que solo se trata de sexo. ¿Cómo demonios hemos llegado hasta aquí? No dejo de repetirme la misma pregunta una y otra vez. Todo empezó como algo sin importancia. Dos amigos que cruzaron una línea que jamás debieron cruzar. Después llegaron los encuentros ocasionales, las excusas para vernos, los mensajes a cualquier hora y esa necesidad absurda de buscarnos cada vez que alguno tenía un mal día. Sin darnos cuenta dejamos de acostarnos porque sí. Ahora simplemente nos necesitábamos. Y eso era precisamente lo que más me preocupaba. Está mal. Lo sé. Ella también lo sabe. Pero cuando estamos juntos, cualquier intento de hacer lo correcto desaparece en cuanto nuestras miradas se encuentran. Lo peor no es que ninguno de los dos sea precisamente un santo. Lo peor es que se trata de Nayra. La mujer a la que mis padres quieren como si fuera una hija. La misma que lleva media vida entrando y saliendo de esta casa. La que ha pasado cumpleaños, Navidades y vacaciones con toda mi familia. La mejor amiga de todos nosotros. Y, para terminar de complicarlo todo, la mujer de la que Alejandro lleva demasiado tiempo enamorado. Solo pensar en él hace que una incómoda sensación de culpa vuelva a instalarse en mi pecho. Me giro sobre un costado. Después sobre el otro. Intento convencerme de que necesito dormir, pero mi cabeza insiste en regresar una y otra vez a ella. A su risa. A la forma en que pronunciaba mi nombre hacía apenas unas horas. A sus besos. Al calor de su cuerpo todavía pegado al mío. Al final el cansancio termina imponiéndose y, sin darme cuenta, mis pensamientos empiezan a mezclarse unos con otros hasta que el sueño consigue vencerme. [...] Al día siguiente El sábado termina siendo mucho más agotador de lo que esperaba. La inauguración de la nueva cadena de hoteles se ha convertido en el proyecto más importante que hemos tenido en los últimos años y mi familia ha decidido ponerme al frente de toda la organización. Cuando acepté el reto pensé que sería capaz de manejarlo sin demasiadas complicaciones. Ahora empiezo a sospechar que subestimé por completo todo lo que implica coordinar un proyecto de semejante tamaño. Paso prácticamente todo el día enlazando una reunión virtual con otra. Arquitectos. Empresas constructoras. Interioristas. Marketing. Inversores. Cada uno necesita respuestas inmediatas y todos parecen convencidos de que su asunto es el más urgente de la jornada. Cuando finalmente cierro el portátil siento la espalda completamente agarrotada. Me estiro sobre la silla mientras dejo escapar un largo suspiro. Por fin soy libre. Al menos hasta el lunes. Bajo al comedor justo cuando la cena está servida. Como ocurre casi todos los fines de semana, mi familia aprovecha ese momento para ponerse al día. Mi padre comenta una anécdota relacionada con uno de los hoteles, mi madre intenta convencer a Sergio para que la acompañe a un evento benéfico la próxima semana y las bromas empiezan a aparecer entre plato y plato. Siempre agradezco estos momentos. Aquí dentro todo parece mucho más sencillo. Mi móvil vibra sobre la mesa. Miro la pantalla. Miguel. Una sonrisa aparece automáticamente. —Perdonad un momento. Me levanto mientras respondo la llamada. —¡Hasta que me llamas! —le reprocho incluso antes de que tenga oportunidad de saludar. Al otro lado escucho una carcajada. —¡Amigo, eres peor que mi novia! No puedo evitar reír. —He llegado ayer de Ibiza. —Tú sí que la pasas mal. Y yo trabajando todo el sábado. —Eso parece, pero quiero seguir pasándola mal. Hace una breve pausa antes de continuar. —En tres horas nos juntamos todos en Evolution. ¿Vienes? No necesito pensarlo demasiado. Después del día que llevo, cualquier excusa para despejarme parece una buena idea. —De acuerdo. Allí estaré. Terminamos de acordar la hora y colgamos. Regreso al comedor para terminar de cenar con mi familia y, cuando todos empiezan a levantarse de la mesa, subo directamente a mi habitación. Una ducha consigue quitarme de encima el cansancio acumulado. Elijo un pantalón n***o, una camisa gris y unos zapatos del mismo color. Antes de salir reviso el correo electrónico por costumbre. No hay ningún asunto urgente esperándome. Perfecto. Guardo el móvil en el bolsillo, tomo las llaves del coche y bajo nuevamente. Mis padres siguen conversando en el salón. —No me esperéis despiertos. —No llegues demasiado tarde —dice mi madre con una sonrisa. —Haré lo posible. Me despido de ambos y salgo de casa. El coche ya me espera en la entrada principal. Mientras conduzco hacia el bar intento concentrarme únicamente en la música que suena por los altavoces, pero mi cabeza vuelve a desviarse hacia un único pensamiento. Tenemos demasiados amigos en común. Sería completamente normal que Nayra estuviera allí. Y, aunque intento convencerme de que me da igual, descubro que una parte de mí espera encontrarla. [...] Consigo aparcar a poco más de media calle del bar. La zona está llena de gente y la música ya puede escucharse desde el exterior. En cuanto cruzo la puerta, las luces, las conversaciones y el ambiente terminan envolviéndome de inmediato. Recorro el local con la mirada hasta encontrar a Miguel al fondo del salón rodeado por el grupo de siempre. Me acerco saludando a todos. Miguel. Alejandro. Santiago. Carina. Samantha. Nicolás. Las bromas empiezan prácticamente desde el primer minuto. Lo único que me llama la atención es una ausencia. Nayra. No tarda demasiado en aparecer. Es Alejandro quien la descubre primero. Su conversación se interrumpe de golpe y su mirada queda completamente fija en la entrada del local. Sigo automáticamente la dirección de sus ojos. Y entonces la veo. Entra al bar con un vestido rojo que parece hecho para llamar la atención sin necesidad de proponérselo. Es corto, elegante y se ajusta a su cuerpo con una naturalidad que hace imposible no mirarla. Lleva unas sandalias negras de tacón y el cabello castaño cae en suaves ondas sobre sus hombros, enmarcando un rostro que el maquillaje realza sin perder la naturalidad. Está preciosa. Demasiado. Y no soy el único que lo piensa. Varios hombres giran discretamente la cabeza a su paso. Alejandro ni siquiera intenta disimular. Tiene esa expresión de completo idiota que pone siempre que la ve aparecer. —¡Hola! —saluda con entusiasmo mientras se acerca al grupo. Va saludando a todos uno por uno. Cuando llega hasta Alejandro, él le dedica una sonrisa imposible de malinterpretar. —Te ves preciosa. Ella le devuelve la sonrisa con total naturalidad. —Gracias, Ale. Después sigue caminando hasta detenerse frente a mí. —Hola, Zaed. Antes de que pueda reaccionar, me da un ligero golpe con la cadera. Todos se ríen. No porque sea especialmente gracioso, sino porque saben perfectamente que es la única persona capaz de hacer algo así conmigo sin que reciba una respuesta borde. Sacudo la cabeza sonriendo. —Hola. Me acerco para darle los dos besos de siempre. Cuando mis labios rozan su mejilla aprovecho la cercanía para murmurar solo para ella: —Te ves increíble. Noto cómo sonríe antes de apartarse. No responde. No hace falta. Durante la siguiente hora los tragos empiezan a llegar uno detrás de otro mientras nos ponemos al día de todo lo que ha ocurrido desde la última vez que conseguimos reunirnos. Eso es lo bueno de este grupo. Podemos pasar semanas sin vernos y, cuando finalmente coincidimos otra vez, parece que el tiempo nunca hubiera pasado. Al entrar en mi habitación, saco el móvil del bolsillo casi por inercia para mirar la hora. Las tres de la madrugada. No me sorprende. Después de que sus padres regresaran a casa terminamos viendo aquella serie que ninguno de los dos estaba siguiendo realmente. En algún momento el cansancio nos venció y nos quedamos dormidos con la televisión encendida. Solo despertamos cuando una notificación hizo vibrar el móvil de Nayra sobre la mesita de noche. Fue entonces cuando comprendí que ya era demasiado tarde para seguir allí y decidí regresar a casa. Cierro la puerta de mi habitación con cuidado para no despertar a nadie y comienzo a quitarme la ropa. La camisa termina sobre un sillón, los zapatos junto a la cama y el cinturón cae sobre el suelo sin que me moleste en recogerlo. Me dejo caer de espaldas sobre el colchón, convencido de que el cansancio hará el resto. Pero no ocurre. Mi cuerpo está agotado. Mi cabeza, no. Cierro los ojos y, en lugar de encontrar oscuridad, vuelvo a verla delante de mí. La imagen aparece con una claridad desesperante. Nayra de espaldas, acomodándose el camisón antes de que me marchara. La tela resbalando lentamente sobre su piel, su cabello cayendo sobre la espalda y esa sonrisa que me dedicó por encima del hombro cuando sintió que seguía observándola. Resoplo con frustración. Cinco minutos más. Solo habría necesitado cinco minutos más para volver a hacerla mía. Lo sé. Ella también lo sabe. Y probablemente ninguno de los dos habría hecho el menor intento por detener lo que ya se había convertido en una costumbre entre nosotros. Por eso me fui. Necesito empezar a controlar todo esto, aunque sea dando pasos ridículamente pequeños, porque cada vez me resulta más difícil convencerme de que solo se trata de sexo. ¿Cómo demonios hemos llegado hasta aquí? No dejo de repetirme la misma pregunta una y otra vez. Todo empezó como algo sin importancia. Dos amigos que cruzaron una línea que jamás debieron cruzar. Después llegaron los encuentros ocasionales, las excusas para vernos, los mensajes a cualquier hora y esa necesidad absurda de buscarnos cada vez que alguno tenía un mal día. Sin darnos cuenta dejamos de acostarnos porque sí. Ahora simplemente nos necesitábamos. Y eso era precisamente lo que más me preocupaba. Está mal. Lo sé. Ella también lo sabe. Pero cuando estamos juntos, cualquier intento de hacer lo correcto desaparece en cuanto nuestras miradas se encuentran. Lo peor no es que ninguno de los dos sea precisamente un santo. Lo peor es que se trata de Nayra. La mujer a la que mis padres quieren como si fuera una hija. La misma que lleva media vida entrando y saliendo de esta casa. La que ha pasado cumpleaños, Navidades y vacaciones con toda mi familia. La mejor amiga de todos nosotros. Y, para terminar de complicarlo todo, la mujer de la que Alejandro lleva demasiado tiempo enamorado. Solo pensar en él hace que una incómoda sensación de culpa vuelva a instalarse en mi pecho. Me giro sobre un costado. Después sobre el otro. Intento convencerme de que necesito dormir, pero mi cabeza insiste en regresar una y otra vez a ella. A su risa. A la forma en que pronunciaba mi nombre hacía apenas unas horas. A sus besos. Al calor de su cuerpo todavía pegado al mío. Al final el cansancio termina imponiéndose y, sin darme cuenta, mis pensamientos empiezan a mezclarse unos con otros hasta que el sueño consigue vencerme. [...] Al día siguiente El sábado termina siendo mucho más agotador de lo que esperaba. La inauguración de la nueva cadena de hoteles se ha convertido en el proyecto más importante que hemos tenido en los últimos años y mi familia ha decidido ponerme al frente de toda la organización. Cuando acepté el reto pensé que sería capaz de manejarlo sin demasiadas complicaciones. Ahora empiezo a sospechar que subestimé por completo todo lo que implica coordinar un proyecto de semejante tamaño. Paso prácticamente todo el día enlazando una reunión virtual con otra. Arquitectos. Empresas constructoras. Interioristas. Marketing. Inversores. Cada uno necesita respuestas inmediatas y todos parecen convencidos de que su asunto es el más urgente de la jornada. Cuando finalmente cierro el portátil siento la espalda completamente agarrotada. Me estiro sobre la silla mientras dejo escapar un largo suspiro. Por fin soy libre. Al menos hasta el lunes. Bajo al comedor justo cuando la cena está servida. Como ocurre casi todos los fines de semana, mi familia aprovecha ese momento para ponerse al día. Mi padre comenta una anécdota relacionada con uno de los hoteles, mi madre intenta convencer a Sergio para que la acompañe a un evento benéfico la próxima semana y las bromas empiezan a aparecer entre plato y plato. Siempre agradezco estos momentos. Aquí dentro todo parece mucho más sencillo. Mi móvil vibra sobre la mesa. Miro la pantalla. Miguel. Una sonrisa aparece automáticamente. —Perdonad un momento. Me levanto mientras respondo la llamada. —¡Hasta que me llamas! —le reprocho incluso antes de que tenga oportunidad de saludar. Al otro lado escucho una carcajada. —¡Amigo, eres peor que mi novia! No puedo evitar reír. —He llegado ayer de Ibiza. —Tú sí que la pasas mal. Y yo trabajando todo el sábado. —Eso parece, pero quiero seguir pasándola mal. Hace una breve pausa antes de continuar. —En tres horas nos juntamos todos en Evolution. ¿Vienes? No necesito pensarlo demasiado. Después del día que llevo, cualquier excusa para despejarme parece una buena idea. —De acuerdo. Allí estaré. Terminamos de acordar la hora y colgamos. Regreso al comedor para terminar de cenar con mi familia y, cuando todos empiezan a levantarse de la mesa, subo directamente a mi habitación. Una ducha consigue quitarme de encima el cansancio acumulado. Elijo un pantalón n***o, una camisa gris y unos zapatos del mismo color. Antes de salir reviso el correo electrónico por costumbre. No hay ningún asunto urgente esperándome. Perfecto. Guardo el móvil en el bolsillo, tomo las llaves del coche y bajo nuevamente. Mis padres siguen conversando en el salón. —No me esperéis despiertos. —No llegues demasiado tarde —dice mi madre con una sonrisa. —Haré lo posible. Me despido de ambos y salgo de casa. El coche ya me espera en la entrada principal. Mientras conduzco hacia el bar intento concentrarme únicamente en la música que suena por los altavoces, pero mi cabeza vuelve a desviarse hacia un único pensamiento. Tenemos demasiados amigos en común. Sería completamente normal que Nayra estuviera allí. Y, aunque intento convencerme de que me da igual, descubro que una parte de mí espera encontrarla. [...] Consigo aparcar a poco más de media calle del bar. La zona está llena de gente y la música ya puede escucharse desde el exterior. En cuanto cruzo la puerta, las luces, las conversaciones y el ambiente terminan envolviéndome de inmediato. Recorro el local con la mirada hasta encontrar a Miguel al fondo del salón rodeado por el grupo de siempre. Me acerco saludando a todos. Miguel. Alejandro. Santiago. Carina. Samantha. Nicolás. Las bromas empiezan prácticamente desde el primer minuto. Lo único que me llama la atención es una ausencia. Nayra. No tarda demasiado en aparecer. Es Alejandro quien la descubre primero. Su conversación se interrumpe de golpe y su mirada queda completamente fija en la entrada del local. Sigo automáticamente la dirección de sus ojos. Y entonces la veo. Entra al bar con un vestido rojo que parece hecho para llamar la atención sin necesidad de proponérselo. Es corto, elegante y se ajusta a su cuerpo con una naturalidad que hace imposible no mirarla. Lleva unas sandalias negras de tacón y el cabello castaño cae en suaves ondas sobre sus hombros, enmarcando un rostro que el maquillaje realza sin perder la naturalidad. Está preciosa. Demasiado. Y no soy el único que lo piensa. Varios hombres giran discretamente la cabeza a su paso. Alejandro ni siquiera intenta disimular. Tiene esa expresión de completo idiota que pone siempre que la ve aparecer. —¡Hola! —saluda con entusiasmo mientras se acerca al grupo. Va saludando a todos uno por uno. Cuando llega hasta Alejandro, él le dedica una sonrisa imposible de malinterpretar. —Te ves preciosa. Ella le devuelve la sonrisa con total naturalidad. —Gracias, Ale. Después sigue caminando hasta detenerse frente a mí. —Hola, Zaed. Antes de que pueda reaccionar, me da un ligero golpe con la cadera. Todos se ríen. No porque sea especialmente gracioso, sino porque saben perfectamente que es la única persona capaz de hacer algo así conmigo sin que reciba una respuesta borde. Sacudo la cabeza sonriendo. —Hola. Me acerco para darle los dos besos de siempre. Cuando mis labios rozan su mejilla aprovecho la cercanía para murmurar solo para ella: —Te ves increíble. Noto cómo sonríe antes de apartarse. No responde. No hace falta. Durante la siguiente hora los tragos empiezan a llegar uno detrás de otro mientras nos ponemos al día de todo lo que ha ocurrido desde la última vez que conseguimos reunirnos. Eso es lo bueno de este grupo. Podemos pasar semanas sin vernos y, cuando finalmente coincidimos otra vez, parece que el tiempo nunca hubiera pasado.
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